Patricio Ramos, Ciudadano Yo siempre dije que no hay gente imprescindible. Creo que me equivoqué, y así he aprendido una buena lección. De esas que solo enseña la maestra vida.
Esta es la única manera como he podido empezar esta crónica, a un par de horas de saber de su inesperada partida. Si la presente fuera una nota manuscrita, muy probablemente la letra me saldría temblorosa.
Esta crónica, que tiene aires epistolares, para remitir adonde usted se encuentre hoy, tiene mucho de pena, de reconocimiento y admiración, de despedida, agradecimiento y, acaso, de reproche.
De pena, la que, como seres humanos, simplemente no podemos explicar más que desde el egoísmo de querer tenerlo cerca, con nosotros. Y, en mi caso, también desde la añoranza de haber vivido junto a usted mi primera batalla ambiental en los lejanos días de Alumysa, en los verdes pagos de Puerto Aysén. Yo era joven, valiente y sin nada que perder. Hoy, mi pluma es vieja y se arredra con las sombras.
De reconocimiento. Dado que entregó casi una vida a la defensa de una idea, una convicción que nos interpelaba a todos los que, silentes, movíamos la cabeza en señal de aprobación.
De admiración. Porque usted tomó una opción ética —incluso si no se está de acuerdo con ella- en una época en que a diario presenciamos corrupción de la cosa pública, tanto, que pareciera normal el paseo de abogados y fiscales por todos lados. Una época en que la vulgaridad hace campamento en los medios y en la vida cotidiana. Una época en que, pareciera, los sueños fueron reemplazados por un "like" en alguna red social y el éxito tiene que ver con el tamaño de la cuenta corriente.
En efecto, en esta época aparece usted, y una horda de locos felices poniéndole rostro a una épica que se anidó para siempre en la tierra más bella y amenazada del planeta.
Reproche. Se va sin dejar reemplazante para escribir sus columnas incendiarias, deliciosamente irrespetuosas y enemigas del poder. Se marcha, sin dejar reemplazante visible que se pare a discutir, firme, digno, con una andanada de datos —y esa erudición que bordeaba tartamudeo- frente a un par de mequetrefes que planificaban represas. Quién le va a poner pelos a la sopa al interés espurio.
De agradecimiento. Por la amistad, por su ternura, optimismo, por los telefonazos nocturnos, no para hablar de ambientalismo, sino simplemente para oír mis angustias como novel cuidador de mi padre y aconsejarme -desde su vasta experiencia- en la compleja labor de administrar la llegada de potenciales cuidadoras. Sí, para poder soltar, para poder vivir.
Y también de agradecimiento, por las invitaciones a Guadal que nunca pude concretar, y esos cigarros que podríamos haber fumado y las piscolas que pudimos haber disfrutado a la orilla del Chelenko. Supongo que debo decir: para la próxima será.





















