Patricio Ramos, Ciudadano
"Las cosas tienen vida propia, todo es cuestión de despertarle el ánima." (Gabriel García Márquez, "Cien años de soledad")
He escrito sobre mates a lo menos unas tres veces en esta larga saga de crónicas. Pero acerca de termos jamás. Sin embargo, convendría hablar en cualquier época de este artefacto, al parecer sin importancia.
En efecto, este es el compañero contemporáneo del mate, cuando nos independizamos de la pava. Recordemos que, si Ud. no tiene cocina a leña para apoyarla, muy pronto se le enfría, manteniéndonos esclavizados cerca de una fuente de calor. Por eso, aquella imagen del patagón mateando detrás del fogón, y que es sinónimo de lentitud o desidia, la miro más bien como un cliché.
Y también existe "el termo de los termos", que es un hallazgo de hace pocos años, en alguna bodega que ordenaba cierta tarde. Hablo del termo de mi padre.
Este es un armatoste indestructible, marca "Thermos", que tiene perfectamente más de cuarenta años. Y debe haber estado guardado unos diez, para llegar a mis manos y no despegarse hasta la fecha. Probablemente, no estaba pensado para mate, sin embargo, conserva una salida estrecha que sirve para estos fines. Es de metal y tiene una cobertura plástica similar a esas cajas para herramientas o "pick up" de camionetas, un portento de resistencia.
Yo, precisamente lo vi en la camioneta de mi padre. Frecuentemente en el suelo azotándose contra todo, recorriendo una solitaria Carretera Austral; antes del arribo masivo de turistas, de inversionistas del suelo, antes de que estuviera de moda la Patagonia y la marca "Stanley". Mi madre se lo entregaba llenito de café, junto a algún sándwich que lo mantendría hasta llegar a algún pueblo donde debía instalar cierta antena de radio o electrificar una o varias calles. El cronista en más de alguna detención, en caminos nevados, le sirvió café al piloto, al copiloto y demás compañeros de travesía.
Tener ese termo en mis manos activa aquellas imágenes, las actualiza. Si hasta puedo sentir el aroma del café, el frío de la carretera, el olor a humedad del nuevo camino abriéndose a Villa Amengual.
Lejos de romanticismos (aunque no exento) este antiguo y magnífico objeto se transforma, junto con otros tantos, en una especie de portal, que -cada día con más frecuencia y a medida que sorprende la edad- me conecta con ese pasado que ha servido de brújula para mi actual derrotero.





















