Columnista, Colaborador
Primero que todo, tengo que pedir disculpas si estas reflexiones son muy personales. Pero este mes me toca profundamente ya que el 1 de octubre comenzó el mes de las personas mayores; tuve la bendita oportunidad de trabajar con ellos, sus organizaciones y revisé un estudio de casos respecto a sus cuidados.
En segundo lugar, quiero mencionar que en la Patagonia muchas veces se emplea el vocablo "viejos" para referirse al conjunto de pobladores mayores de edad de una comunidad o territorio; por lo tanto, todos somos de una u otra manera parte de los "viejos".
Y es cierto, la biología y la implacable naturaleza se encarga de decirnos permanentemente que todos los días somos más viejos que el día anterior, y de ahí se derivan frases como "todos vamos para el mismo camino" o "todos(as) llegaremos a ser viejos tarde o temprano". Probablemente no estamos en presencia de un insulto o de alguna palabra peyorativa respecto a las personas mayores.
Pero existe el "edadismo" que, según la Organización Mundial de la Salud, es un conjunto de estereotipos, prejuicios y actos discriminatorios dirigidos hacia las personas debido a su edad cronológica y que afecta a personas de cualquier grupo etario; aunque sabemos que se concentra más en las personas mayores de sesenta años.
En el último tiempo nos hemos enfrentado a un paradigma llamativo, pero a la vez segregador. La pretensión de creer que ser joven es sinónimo de mayores capacidades, cabales, idoneidad y legitimidad gracias a la fuerza, vigor y energía que expulsa la juventud es una consigna que se ha difundido con mucha celeridad dejando un quiebre importante en los otrora "jóvenes y no tan jóvenes".
En ese sentido me pregunto qué pasa con la experiencia, la mesura, la templanza, la sabiduría que entregan los años; producto de enseñanzas de vida que forjan un carácter distinto capaz de enfrentar grandes desafíos ya que las vivencias hicieron pasar al "viejo o vieja" por penas y alegrías; desafíos y remansos; victorias y derrotas. Parece que ese conjunto de valores no entra en una sociedad inmediatista, individual y donde su máximo esplendor administró el poder estatal en el gobierno anterior y al poco tiempo tuvo que inevitablemente pedir apoyo, como en muchos otros gobiernos, a los más "viejos".
A mis 46 años he sentido en carne propia el edadismo; por mi opinión, hace un tiempo, me catalogaron en vivo y en directo de "boomer" en una radio local; y hoy me han dicho en la cara y peor aún a mis espaldas, de muy mala manera "viejo". Y es que acaso no puedo competir, servir, aventurarme, creer, sentir, ilusionarme, caer y volver a levantarme. Y si eso que me pasa hoy, ¿cómo lo significan las personas mayores de sesenta años y más, que aún tienen energía y por sobre todo experiencia y sabiduría para entregar?
En este octubre mes de los mayores quiero invocar a la "rebeldía de los viejos"; esa misma rebeldía que ocuparon muchas veces para tomar grandes decisiones, esa rebeldía que se necesita para enfrentar el paradigma de lo nuevo, lo jovial, soberbio y atreverse a ir un paso más allá; peinando canas, mostrando los surcos en el rostro y señalando que los mayores de 65 años representan según el INE el 14% de la población y sobre los cuarenta años representamos el 45% de nuestro país. Somos mayoría y la tendencia es a aumentar ese porcentaje; rebeldía para exigir respeto y larga vida a la experiencia, sabiduría, y al camino trazado, al aprendizaje obtenido; ¡aguante "los viejos y viejas"! arriba los mayores, no más edadismo y gracias siempre, por todo lo construido.





















