Editorial, Redacción Cumplidos los primeros cinco meses del actual Gobierno, resulta razonable comenzar a evaluar el desempeño de las autoridades que representan al Ejecutivo en la Región de Aysén. Si bien es un período todavía acotado, permite observar estilos de gestión y, especialmente, la capacidad de las autoridades para conectar con las comunidades.
La delegada presidencial, Luz María Vicuña, ha ido progresivamente incorporando las principales temáticas regionales, fortaleciendo sus vínculos con las comunidades y sus dirigentes. Lo mismo puede observarse en algunos seremis que han optado por recorrer el territorio, escuchar directamente a sus habitantes y conocer de primera fuente sus inquietudes respecto de conectividad, salud, empleo y reactivación económica.
Ese despliegue es fundamental en una región como Aysén. Las distancias, el aislamiento y las particularidades de cada comuna hacen que la presencia territorial sea indispensable para comprender una realidad que difícilmente puede conocerse desde una oficina en Coyhaique. Quienes recorren las localidades y conversan con sus habitantes tienen mejores posibilidades de entregar respuestas pertinentes y establecer compromisos concretos.
En ese sentido, existe un grupo de autoridades que ha logrado instalar una presencia regional reconocible y que parece estar cumpliendo adecuadamente con la tarea encomendada desde el nivel central. Sin embargo, también existe otro grupo cuya presencia en los territorios y en la agenda pública ha sido bastante más discreta.
No se trata de medir una gestión únicamente por la cantidad de apariciones en medios de comunicación. Pero cuando la ausencia mediática coincide con una escasa presencia territorial, resulta legítimo preguntarse qué tan conectada está esa autoridad con las comunidades que debe atender.
A cinco meses de iniciado el Gobierno, parece existir entonces un gabinete regional que avanza a dos velocidades. Por una parte, autoridades que han entendido que gobernar Aysén exige salir al territorio, escuchar y construir respuestas junto a las comunidades. Por otra, autoridades que parecen concentrar su gestión en cumplir las directrices del nivel central, con menor capacidad para generar una vinculación efectiva con quienes habitan la región.
Las diferencias de estilo pueden ser legítimas, pero existe una premisa que debiera ser común para todo el gabinete: gobernar Aysén implica conocer Aysén.
La ciudadanía ya comienza a distinguir quiénes están presentes, quiénes escuchan y quiénes logran transformar esas demandas en acciones concretas. También observa quiénes permanecen más alejados de los territorios y de las preocupaciones cotidianas.
Todavía queda mucho Gobierno por delante y siempre habrá espacio para corregir y mejorar. Pero estos primeros cinco meses ya permiten identificar dos formas de ejercer la autoridad. Una más cercana, territorial y conectada con las comunidades; otra más distante y centrada en las directrices institucionales.
El desafío ahora es que todo el gabinete regional comprenda que, en una región como Aysén, la gestión pública no puede hacerse de espaldas al territorio. Porque finalmente son las comunidades las que deben sentir que sus autoridades no solo las representan, sino que también están dispuestas a escucharlas y trabajar con ellas.




















