Patricio Segura Ortiz, Periodista. psegura@gmail.com
Hoy en día es posible afirmar cualquier cosa. Lo que sea. No sólo como opinión, sino también sobre temas que se suponía zanjados. Incluso yendo más allá, intentando reescribir la historia y cambiar la realidad fáctica.
El gobierno es claro ejemplo de aquello. En estas pocas semanas decir y desdecirse forma parte ya de un deporte nacional, si no fuera porque hoy está empeñado en que lo sea el rodeo.
Es como vivir en un loop infinito de "Sin Filtros", programa de TV que nos legó a dos ministros: la vocera Mara Sedini, el secretario de Vivienda Iván Poduje. Un exitoso espacio televisivo (por rating e incidencia en la agenda, no necesariamente por su aporte informativo) donde la libertad se entendía como el derecho a decir lo que se quisiera (alabanzas a violadores de derechos humanos incluidas) y a desparramar datos inexistentes (lo que ya es un oxímoron). Lo más notorio, la nula capacidad del conductor de contrastar las mentiras vestidas de certeza y pachorra.
El barril de petróleo a dos euros, Galvarino Apablaza como condenado por el asesinato de Jaime Guzmán, el Estado en quiebra son sólo algunos de los ejemplos que, desplegados ante todo el país, han hecho tropezar al gobierno de Kast. La técnica que en otros escenarios les dio tantos beneficios, hoy es fuertemente escrutada.
Pero las triquiñuelas en el lenguaje no son monopolio de la actual administración.
Donald Trump ha hecho gala de aquello, lo cual pareciera a sus seguidores no importarles mucho. Que ganó las elecciones del 2000 pero que no fue ungido por un fraude en circunstancias que el sistema demostró que el triunfador fue Joe Biden, que la asistencia a su investidura fue la más grande de la historia cuando la de Barack Obama le superó, que las vacunas causan autismo y así sucesivamente.
Cuando la verdad es un bien transable según los objetivos, ya estamos en un problema. Porque esto no es sólo un problema comunicacional. Es de ética pública. Es de validar lo que cierto sector cree como verdad, que en la vida lo que vale es la ley del más fuerte. Donde los escrúpulos (y las normas que nos permiten vivir como sociedad) están de más. En el fondo, donde ser inescrupuloso un valor, no una falta. Y ser vivaracho, un talento.
Pero ser incoherente tampoco franquicia de la época actual. Ahí tenemos la canción "Típico Himno de Paz" de Sexual Democracia, de los años 80. Que parte con una misa, en la cual se convoca a los feligreses a vivir en buena voluntad.
Inicia el tema con una declaración de principios: a todos nos gusta la paz, porque es el camino de la verdad.
Sin embargo, hay hombres malos. Hoy diríamos chilenos malos, sobre los que nos sermoneó la republicana Beatriz Hevia, en su rol de presidenta del Consejo Constitucional. Son aquellos a quienes no les gusta la paz por tanto quieren destruirla. Ellos, los que vienen "de más allá".
¿Y cuál es la opción ante tanto peligro? Formar el Ejército de la Paz.
¿Y qué hará este contingente con quienes no respeten la paz? "Los mataremos, los violaremos, los fusilaremos, les cortaremos las manos asesinas, en nombre de la paz" nos canta, convencido, Miguel Barriga.
Así estamos hoy. Hablando en pro del bien de Chile negando al que piensa distinto, mintiendo sobre la realidad, avanzando hacia un país confesional manteniendo la desigualdad, destruyendo la naturaleza y las otras vidas en nombre de un supuesto progreso, vestidos de blanco blandiendo el discurso de amor y paz.
Sí, hoy es posible decir cualquier cosa. Pero eso nunca significará que, por arte de magia, lo manifestado se transforme en verdad.




















