Columnista, Colaborador
Esta columna va en memoria de Pato, Patricio Segura fue uno de los principales impulsores
de la acción climática en la región durante los últimos años.
Nepal y Chile han compartido en pocas semanas una experiencia dolorosa: vivir los efectos de la crisis climática. Un GLOF de enormes proporciones que mató a cientos de personas en el país asiático; remociones en masa en el norte de Chile. Para comprender a qué nos enfrentamos cuando El Niño se instala en el Pacífico, conviene mirar hacia atrás. La temporada 2015—2016, conocida como "El Niño Godzilla"nos dejó una lección categórica: no asistimos a eventos aislados, sino a una crisis socioambiental encadenada, donde el océano, la atmósfera y el territorio se manifestaron de formas diversas y devastadoras.
En enero de 2016, el calor y el estrés hídrico mostraron sus consecuencias en el Cerro Divisadero, con un incendio desatado a metros de las casas de Coyhaique. Semanas después, el aumento de la temperatura del mar en los fiordos gatilló una Floración Algal Nociva (FAN) sin precedentes, que acumuló cerca de 40 mil toneladas de mortalidad de salmones. Llegado el invierno, el estancamiento atmosférico y el uso intensivo de leña húmeda sumaron un factor decisivo a las múltiples causas del problema de calidad del aire, hasta alcanzar un récord doloroso: 120 episodios críticos, 60 emergencias ambientales. Hoy llevamos 90, y la autoridad sanitaria tuvo que tomar medidas extraordinarias por la alta demanda del sistema de salud. Balmaceda y la capital regional registraban, además, el año más seco de la historia instrumental. La sequía golpeó con dureza a los comités de Agua Potable Rural y a sectores insulares vulnerables como Islas Huichas, obligando a activar operativos de emergencia hídrica.
La diferencia es que Aysén ya no enfrenta esta variabilidad con las manos vacías: tenemos herramientas de gestión integral que debemos poner a trabajar. La Ley Marco de Cambio Climático y el Sistema Nacional de Prevención y Respuesta ante Desastres son las vías con que contamos para anticiparnos. No podemos limitarnos a REaccionar; debemos ACCIONAR y preparar a la población, tanto las instituciones del estado como el mundo privado deben asumir con urgencia esta tarea para preparar una temporada que se viene compleja. Ante esta vulnerabilidad, el llamado principal es hacia las autoridades regionales, locales y toda la comunidad. La gestión del riesgo no puede seguir operando de manera reactiva, esperando a que el fuego consuma la interfaz periurbana, que las microalgas afecten severamente los fiordos o que los camiones aljibe sean la única respuesta para el suministro de agua.
La historia no se repite, pero rima. No podemos ver qué depara el futuro, pero sí podemos aprender las lecciones del pasado para que podamos mitigar efectivamente los impactos del fenómeno del Niño en todos los rincones de la región de Aysén.



















