Jessica Igor Chacano, Periodista y magíster en Relaciones Internacionales
Quienes tuvimos el privilegio de estudiar comunicaciones en alguna universidad recordamos nuestras primeras lecturas, quizá después de mucho tiempo, con un sentido renovado. Hace pocos días falleció Jürgen Habermas, el filósofo alemán que fue y aún es lectura obligatoria para las escuelas de comunicaciones.
A pesar de que sus teorías llevan muchas décadas desde que se plantearon, hoy cobran más vigencia que nunca, sobre todo ahora que estamos rodeados de información por todos lados, y el diálogo desinteresado y no mediado se está perdiendo.
Habermas planteaba dos esferas en la sociedad, por un lado, "el sistema" y por otro, "el mundo de la vida". El sistema se mueve por el dinero y el poder, el ámbito de la economía y la burocracia, en términos prácticos podríamos decir que es el área de los negocios (los grandes negocios), pero que también en algún punto se toca con el ámbito de la política, como en la teoría de conjuntos, en una intersección (Peligrosa intersección).
Por otro lado, el mundo de la vida, es la esfera íntima de cada persona, la familia, los amigos, la cultura, y también las comunicaciones. En este ámbito nos comunicamos para darle sentido a nuestra vida, para intercambiar valores, sentimientos y emociones.
Pero qué pasa cuando uno de estos sistemas es invadido por el otro, qué pasa cuando las comunicaciones o mejor dicho los medios de comunicación y la tecnología están coludidas para arrinconar nuestra esfera íntima, y ahora el algoritmo es el mediador de nuestro accionar y de nuestros pensamientos. Habermas hablaba de la "Colonización del mundo de la vida".
Antes las charlas, o el juntarse a tomar un café eran para entenderse, hoy en cambio, ya no nos vemos tanto de manera física presencial, y nuestras conversaciones, que son casi siempre online, se están midiendo en engagement o en likes. Y tras bambalinas hay un algoritmo, espiando y midiendo, preparado para captar nuestro sentir, y nuestras preferencias para que una vez apuntado el objetivo —que somos nosotros- nos dispare. La mayoría de las veces una ráfaga de publicidad o propaganda.
Luego otra vez, solapadamente y sin que lo veamos, nos mide de nuevo, a ver si enganchamos algo, si escrolleamos algún contenido, si dimos algún like o nos fuimos directo a un embudo de ventas.
Ahora más que nunca y después de varias décadas pienso que Habermas tenía razón. Estamos viviendo días muy oscuros a nivel global. Los modernos sistemas de comunicación nos están reificando cada vez más. En un mundo tan sistematizado como el actual, somos impresiones, likes, y cifras de rendimiento. Ingenuamente creemos que la vida se nos ha hecho más cómoda y fácil, quizá para algunos. Para otros, las respuestas circulares o en bucle de un bot, son una experiencia estresante y agotadora.
Pero al igual que Habermas, personalmente, no soy una tecnófoba, me parece que el uso de la informática de forma eficiente, y con un ser humano crítico y racional detrás de cada teclado y pantalla, puede ser altamente valorable. El problema viene cuando dejamos de pensar, de indagar y de cuestionar lo que nos entrega la internet. Actualmente la red alberga toneladas de datos, ¿pero es toda esa información, útil, confiable y fidedigna? En un mundo lleno de fakes news y cámaras de eco ¿estamos realmente dispuestos a hacer el esfuerzo racional de verificar lo que consumimos?
Habermas fue un visionario. Su partida nos deja la responsabilidad de no ser meros espectadores de nuestra propia reificación. En tiempos de algoritmos voraces, recuperar el pensamiento crítico no es sólo una opción intelectual, es verdadero acto de resistencia.






















