Columnista, Colaborador
En estos días, cuando la conversación pública se llena de encuestas, estrategias y análisis electorales, pareciera que todo gira en torno a lo mismo de siempre: seguridad, economía, crecimiento, pensiones. Temas importantes, por supuesto, pero que dejan fuera algo que en Chile sigue siendo invisible para muchos (incluso para quienes aspiran a liderar el país), como lo son las más de un millón de personas que no tienen acceso garantizado a agua potable.
Sí, más de un millón. Y no están lejos, viven en esta misma larga y angosta franja de tierra. Son familias, niños y adultos mayores que hoy dependen de camiones aljibe, de pozos irregulares o de fuentes contaminadas para algo tan básico como beber, cocinar o lavarse. Y en esta segunda vuelta, cuando tenemos la oportunidad de volver a mirar el país con lupa, necesitamos que este tema entre por fin a la agenda con la seriedad que se necesita.
La burocracia ha sido uno de los grandes obstáculos para avanzar. No puede ser que en nuestro país la única solución que el Estado tenga para entregar agua potable a una comunidad sea un programa de Agua Potable Rural (APR) que demora ocho años en implementarse. Eso claramente no es gestión, es abandono, porque durante todo ese tiempo la vida sigue, las enfermedades avanzan, los niños crecen sin agua potable y a las comunidades no les queda otra opción que seguir esperando.
Mientras tanto, seguimos discutiendo diagnósticos, comisiones, informes. Sabemos de memoria los mapas de escasez hídrica, los índices de vulnerabilidad, los niveles de contaminación, pero seguimos sin transformar ese conocimiento en acciones concretas, rápidas y sostenibles. Y cuando un problema dura tanto, empieza a naturalizarse y ahí está el peligro, creer que esto es normal.
La segunda vuelta presidencial es una oportunidad para cambiar esa conversación. Para que, además de repetir lo evidente, los candidatos también incluyan lo que realmente transforma vidas. Para que propongan, con datos y con voluntad, soluciones que ya existen y que no requieren modificar la Constitución ni inventar grandes estructuras. Existen tecnologías accesibles, modelos de gestión comunitaria que funcionan, alianzas público-privadas que pueden implementarse rápido, y sobre todo, una urgencia humanitaria que ya no aguanta excusas.
El agua no puede seguir siendo un tema invisible en las campañas, es un derecho básico y la base de cualquier política de bienestar, salud, educación y productividad. Nada se construye donde no hay agua.
Por eso, en esta segunda vuelta, la invitación es esta: miremos más allá de lo que ya está resuelto en los discursos y pongamos en el centro a quienes aún esperan soluciones que sí son posibles. Si queremos un país que avance, partamos por lo esencial y pocas cosas son más esenciales que el agua potable.



















