Columnista, Colaborador
La Región de Aysén suele pensarse desde su geografía con distancias largas, costos logísticos altos y la dependencia de insumos externos como una realidad cotidiana. Pero esa misma condición que muchas veces se percibe como desventaja puede convertirse en una oportunidad estratégica si miramos el desarrollo productivo desde otra perspectiva. En un territorio donde casi todo viaja miles de kilómetros (insumos, alimentos procesados, materiales de construcción e incluso muchos de nuestros residuos) el modelo lineal de producir, usar y descartar no sólo es ambientalmente costoso, también es económicamente frágil.
Durante décadas hemos organizado nuestra economía por sectores que operan como compartimentos separados, por ejemplo, el agro, la pesca, el turismo y el comercio. Cada uno produce, cada uno vende, cada uno resuelve sus propios desafíos. Sin embargo, cuando observamos con más atención, descubrimos que entre ellos existen conexiones posibles que hoy no siempre aprovechamos. La Economía Circular propone justamente eso: dejar de pensar en actividades aisladas y comenzar a mirar el sistema completo, identificando cómo los subproductos o residuos de un sector pueden transformarse en insumos para otro.
Y en Aysén esta mirada cobra especial relevancia. Los residuos orgánicos del sector agropecuario pueden convertirse en compost o enmiendas para mejorar suelos locales, reduciendo la necesidad de traer fertilizantes desde otras regiones. Los subproductos de la pesca pueden tener aplicaciones en alimentación animal, bioinsumos o procesos de valorización que generen nuevas oportunidades de negocio. El turismo, por su parte, puede actuar como catalizador, demandando productos locales con trazabilidad, menor huella ambiental y mayor identidad territorial. Así, lo que hoy se considera un costo o un problema puede transformarse en valor agregado dentro del mismo territorio.
Cuando los materiales salen de la región para ser gestionados, el valor económico también se va. Se pagan costos logísticos, se incrementa la dependencia y se pierde la posibilidad de generar empleo y emprendimiento local. En cambio, cuando los encadenamientos productivos se fortalecen, el dinero circula dentro de la región, se diversifica la matriz productiva y se construye mayor resiliencia frente a interrupciones externas. La Economía Circular, en este sentido, no es únicamente una política ambiental sino una estrategia de desarrollo regional.
Impulsar estos encadenamientos no significa instalar grandes industrias, ni tampoco hacerlo de un día para otro. Requiere planificación, coordinación público—privada y voluntad de innovar desde lo local. También implica formación técnica, colaboración entre sectores y una visión compartida de futuro. Pero el potencial está ahí, en lo que ya producimos, en lo que ya conocemos y en las redes que podemos fortalecer.
En territorios extremos como en esta hermosa región de Aysén, reducir la dependencia externa no es aislamiento; es capacidad de cerrar ciclos de manera inteligente y eficiente. Conectar mejor nuestros sectores productivos puede ser el paso necesario para construir una economía más sólida, más sostenible y más coherente con el paisaje que habitamos. La Economía Circular, vista desde esta perspectiva, no es sólo una tendencia global, sino que ya se transformó en una hoja de ruta concreta para el desarrollo local y regional.






















