Hospital Regional Coyhaique, -
En 1909, a principios del siglo pasado, un incendio en la Legación Alemana escondía un asesinato que, de no ser por un diente, no habría podido resolverse. Y más extraño aún: el premio que se pidió por semejante descubrimiento no fue dinero, sino una escuela.
Ese 5 de febrero, entre los escombros del incendio, a escasos metros de la Universidad de Chile, apareció un cuerpo calcinado con un anillo con la inscripción "N.L. 13/3/99": las iniciales de Natalia López y la fecha de su boda con Guillermo Beckert. Todo parecía claro. Beckert había muerto, y se sospechaba del portero, Exequiel Tapia, quien había desaparecido junto con 27 mil pesos de la caja fuerte, una fortuna para la época.
El Estado, tratando de evitar un conflicto diplomático con Alemania, despidió con todos los honores a Beckert. Sin embargo, apareció un cabo suelto: un testigo relató haber visto a Beckert en el centro después del incendio. Esto, junto a otras sospechas, llevó a una segunda autopsia del cuerpo, realizada por médicos alemanes. Además de las quemaduras, el cadáver tenía heridas de un golpe en la cabeza y de cuchillo. Aun así, mantuvieron que se trataba del ciudadano alemán. La importancia de esto era que Alemania, en la antesala de la Primera Guerra Mundial, era un imperio poderoso, y en Santiago circulaban rumores de que podría exigir compensaciones, incluso relacionadas con el estrecho de Magallanes, un paso estratégico en tiempos de tensión naval.
Frente a este informe y a la situación política, surgió una voz desde la escuela de "dentística" de la Universidad de Chile: el Dr. Germán Valenzuela Basterrica propuso y realizó un peritaje para determinar la identidad del cadáver. Con técnicas similares a las usadas actualmente, y mediante la comparación de los dientes con la ficha dental de Beckert, logró establecer que el cuerpo correspondía a Exequiel Tapia, el portero.
Con esta información, la policía detuvo a Beckert ocho días después del incendio cuando intentaba huir a Argentina. Tras el juicio, fue condenado a muerte y fusilado en 1910.
El presidente Pedro Montt ofreció una recompensa al Dr. Valenzuela Basterrica por los servicios prestados a la nación. Él, pensando más allá de su beneficio personal, solicitó la construcción de un nuevo edificio para la escuela de odontología de la Universidad de Chile. Se levantó en Avda. Santa María 571, y fue inaugurado el 10 de septiembre de 1911, donde funcionó hasta 2007.
En la región de Aysén, existen registros de que, en 1937, al nacer el primer hospital bajo el nombre de "Casa de Socorros del Seguro Obrero", llegó a trabajar un dentista junto al Dr. Alejandro Gutiérrez.
Mucho tiempo ha pasado desde esa época, pero, al igual que con las técnicas usadas por el Dr. Valenzuela Basterrica, prevalece la identidad de la profesión. Ya no es solo un dentista trabajando en el único hospital de alta complejidad de la región, sino un equipo completo que abarca gran parte de las especialidades y está capacitado para resolver las distintas enfermedades de la cavidad bucal.
Hoy, el Hospital Regional Coyhaique tiene una capacidad resolutiva comparable a la de hospitales de regiones con mayor cantidad de habitantes. A modo de ejemplo, el año pasado se inauguró un moderno equipo de imágenes que permite tomar tomografías y reconstrucciones adecuadas para el diagnóstico y tratamiento de nuestra población. Aunque todavía existen desafíos en una región marcada por el aislamiento y las distancias, los profesionales del equipo dental realizan rondas a distintas localidades para acercar atenciones a la población.
Hace más de un siglo, un dentista eligió una escuela en lugar de dinero, convencido de que formar profesionales era la mejor inversión para el país. Esa apuesta sigue dando frutos en Aysén: cada nuevo especialista, cada equipo que llega y cada ronda a una localidad aislada, acortan un poco más la distancia. Quizás el mejor homenaje al Dr. Valenzuela Basterrica sea ese: que nadie en la región, viva donde viva, tenga que resignarse a perder su sonrisa.






















