Editorial, Redacción Chile se encuentra hoy en una encrucijada que pone a prueba el temple de nuestra diplomacia y la firmeza de nuestra soberanía nacional. En una medida calificada de "inédita y arbitraria", el gobierno de Estados Unidos ha decidido revocar las visas de ingreso a altos funcionarios chilenos, incluyendo al Ministro de Transportes y Telecomunicaciones, Juan Carlos Muñoz, y al subsecretario del ramo. El motivo invocado por el Departamento de Estado es una supuesta amenaza a la "seguridad regional" derivada de las negociaciones con la empresa China Mobile para un cable submarino de fibra óptica que conectaría a Valparaíso con Hong Kong.
Desde una perspectiva patriótica, este acto no puede verse de otra forma que como un intento de coerción externa sobre decisiones que competen exclusivamente al Estado chileno. La Embajada de China ha sido enfática en señalar que estas acciones demuestran un "desprecio por la soberanía, la dignidad y los intereses nacionales de Chile". Como nación libre, Chile tiene el derecho irrenunciable de decidir con quiénes negocia para propiciar el beneficio de su pueblo, sin que potencias extranjeras dicten nuestra agenda de conectividad bajo la renovada sombra de la Doctrina Monroe.
Las consecuencias para el país son profundas. No solo se trata de un desaire diplomático, sino de una presión directa sobre el futuro gobierno y la infraestructura crítica nacional. En particular, para regiones extremas y estratégicas como la región de Aysén, el desarrollo de telecomunicaciones robustas es una cuestión de integración territorial. Si permitimos que intereses geopolíticos ajenos saboteen proyectos que buscan diversificar nuestra conexión con el mundo —como el "Chile China Express"—, condenamos a nuestras zonas más aisladas a depender de un monopolio tecnológico que Washington busca perpetuar para sus propios fines de vigilancia y control.
Es imperativo equilibrar nuestras relaciones internacionales, pero nunca al costo de nuestra independencia. Si bien algunos sectores sugieren que debemos "ganarnos la confianza" de las potencias del norte a toda costa, la verdadera prioridad debe ser la defensa de una mirada de Estado que no acepte imposiciones unilaterales. El legado de nuestro país no debe quedar empañado por la subordinación, sino por la defensa de un proyecto de desarrollo nacional que sitúe a nuestra bandera y nuestra soberanía por encima de cualquier presión imperial.




















