Editorial, Redacción Pocas veces se habla de las localidades del litoral de la Región de Aysén. Generalmente, cuando se concibe el desarrollo regional, la mirada se concentra en los grandes centros poblados o en aquellos que tienen una ubicación continental, dejando en un segundo plano a las comunidades que viven mirando al mar.
Es el caso de Puerto Aysén, Coyhaique, Chile Chico y Cochrane, que suelen concentrar buena parte de la conversación sobre desarrollo regional, mientras comunas litoraleñas como Cisnes, Guaitecas y Tortel tienen una realidad completamente distinta. Tan diferente que, en algunas de sus localidades, todavía existen servicios básicos que simplemente no están disponibles.
Los ejemplos abundan. En Melinka no existe sistema de alcantarillado. En Islas Huichas ocurre una situación similar. En Puerto Gala y en otras localidades del litoral, las brechas siguen siendo una realidad cotidiana. Por eso, el concepto de desarrollo que tienen estas comunidades puede ser muy distinto al que se observa en los principales centros urbanos de la región.
No se trata de desconocer los avances que se han producido ni las obras que se han ejecutado. Pero resulta evidente que las brechas siguen siendo importantes y que durante años no se ha logrado avanzar con la misma fuerza en estos territorios. Los propios gobiernos han reconocido esta realidad y han planteado la necesidad de mejorar las condiciones de vida de quienes habitan estas localidades.
El contraste resulta todavía más evidente cuando se observa que en muchas de estas zonas existe una actividad económica tan relevante como la salmonicultura. Una industria que genera empleo, inversión y movimiento económico, pero que convive con comunidades que aún enfrentan carencias básicas. Esa realidad debiera llevarnos a reflexionar sobre cómo estamos entendiendo el desarrollo regional.
La Región de Aysén necesita una estrategia que incorpore realmente la equidad territorial. No basta con grandes obras que impacten a los principales centros poblados si al mismo tiempo existen comunidades donde todavía se debe luchar por servicios básicos que deberían formar parte de cualquier estándar mínimo de calidad de vida.
Quizás ha llegado el momento de reconocer que existe una deuda con el litoral. Una deuda que no necesariamente requiere grandes anuncios, sino acciones concretas que permitan que sus habitantes puedan avanzar hacia mejores condiciones de vida y mayores oportunidades de desarrollo.
Las comunidades litoraleñas también son Aysén. Sus habitantes aportan al desarrollo regional, sostienen actividades productivas y mantienen vivos territorios que muchas veces parecen quedar lejos de las prioridades públicas.
Por eso, el desafío para los gobiernos es avanzar hacia una mirada verdaderamente territorial, donde el lugar donde una persona vive no determine sus posibilidades de acceder a servicios, oportunidades y calidad de vida.
Mientras esa brecha persista, el desarrollo regional seguirá siendo una tarea incompleta. Y esa deuda con el litoral continuará siendo una espina que, gobierno tras gobierno, seguirá recordándonos que Aysén todavía tiene territorios que esperan ser incorporados plenamente a la senda del desarrollo.




















