Columnista, Colaborador
Como si fuese el inicio de un cuento infantil podría decir: "hace muchos, muchos años…". Buscando un lugar para arrendar concerté una cita con un corredor de propiedades para que me mostrara un departamento de mi interés, ubicado en pleno centro capitalino. Al ingresar, grande fue mi sorpresa al advertir que el inmueble aún estaba habitado. Quien me lo enseñaba me pidió que obviara la presencia de un hombre ya mayor que, sentado en la mesa del comedor, sorbía tranquilamente una taza de té sin prestarnos la más mínima atención mientras recorríamos baños y dormitorios.
Traigo a colación este recuerdo personal a propósito de lo que ocurre con la transición entre el gobierno saliente y el entrante. La sensación que queda es que este último pareciera ejercer ya el poder, al menos desde el punto de vista comunicacional y mediático.
Lo comento a raíz de un hecho derivado de la cita que reunió hace unos días a la ministra vocera Camila Vallejo con quien la sucederá en el cargo, Mara Sedini, en el Palacio de La Moneda. Cuando los camarógrafos presentes exclamaron "¡ministra!", ambas se volvieron y saludaron al unísono.
Constitucionalmente, la administración de Gabriel Boric sigue vigente. Sin embargo, desde hace varias semanas el desembarco político de José Antonio Kast se ha hecho evidente en una estrategia que, de haber sido planificada, resulta tan osada como eficaz: reunirse pocos días después de ser elegido con mandatarios extranjeros, pronunciarse sobre materias de gestión institucional, entrevistarse con autoridades de distintos poderes del Estado y permitir a sus futuros ministros desplegar agendas públicas y giras interminables y ahora último solicitar una cita con el presidente Boric para analizar la polémica del cable submarino que estrangula en los instantes finales a este Ejecutivo.
¿Es ilegal? No.
¿Implica uso de recursos públicos? Tampoco.
¿Es incómodo y logra marcar la agenda de quienes aún trabajan en el palacio de gobierno? Rotundamente sí.
En la misma línea, resulta tan llamativo como habitual ver convocatorias de prensa de José Antonio Kast citando a pautas con "ministros" de diversas carteras, aun cuando estos no han asumido formalmente. Desconozco si desde el protocolo ello es necesario o siquiera permitido, pero al menos sería de buen tono agregar la palabra "futuro".
Algo similar ocurre con el despliegue de quien asumiría la cartera de Vivienda, trasladándose a zonas siniestradas para evidenciar los errores de la autoridad actual y proyectar cómo él "habría implementado soluciones". Una escena que inevitablemente me trae a la mente la sensación del asador que tiene a un comensal permanentemente corrigiendo la forma de preparar la carne —si se me permite la comparación pedestre—.
Quiero dejar meridianamente claro —como decía una conspicua docente en mis años universitarios— que lo anterior no constituye una opinión política, sino más bien una constatación de hechos. Y si lo fuera, reitero que desde el punto de vista de la comunicación estratégica el tablero se inclina a favor del mandatario elegido en diciembre pasado.
Ello ha contribuido a minimizar los últimos días de un presidente que —a mi juicio— cometió el error de apresurar el proceso de transición. Desde mis años de reporteo político no recuerdo una antesala al cambio de mando con tantos días de antelación.
Eso sí, una vez consumado el hecho, la transición no admite efecto acordeón: extenderse para los homenajes y las evaluaciones, pero replegarse culpando de todo lo malo a quienes aún detentan la representación del Estado.
Al releer una columna anterior me cuestioné haber escrito "eventual gobierno de José Antonio Kast". Sin embargo, siguiendo un hilo de memoria —y sin el más mínimo deseo de que aquello ocurra— recordé que en 1985, siendo niño, escuché por radio la noticia de la muerte del presidente electo brasileño Tancredo Neves a pocos días de asumir.
Un ejemplo —lo reconozco— de muy mal gusto, pero ilustrativo para entender que apresurar los tiempos de la república y las responsabilidades no sirve de mucho cuando aún no se tiene firme el cetro, la banda presidencial o la piocha que otorga la investidura.
Guiado por un sentido democrático y por la decisión soberana de las urnas, deseo sinceramente que nada empañe ese momento y que José Antonio Kast pueda ingresar a la casa diseñada por Joaquín Toesca de la mano de su esposa, María Pía Adriasola, pese a las opiniones contrarias que ese gesto de afecto ha suscitado en algún rector y columnista con más pergaminos y laureles que quien firma estas líneas.
Mientras tanto, a los salientes, a los nostálgicos, a quienes recorrieron los pasillos y vericuetos de La Moneda y saborearon aquello que el lugar común denomina "las mieles del poder", solo les queda —de forma alegórica— pronunciar la frase final:
"El último apague la luz".
Aunque, en el contexto descrito por esta columna, no faltará quien responda de inmediato:
"No es necesario. Ya estamos aquí. Déjenla prendida no más".



















