Columnista, Colaborador
Cuando hablamos de residuos, una de las primeras preguntas es cuánto generamos. Necesitamos cifras para dimensionar el problema, comparar actividades y reconocer dónde se concentran los principales flujos. Pero a medida que hemos ido conociendo cómo se generan y gestionan los residuos en distintas actividades económicas de Aysén, una idea se vuelve cada vez más clara. Las toneladas son importantes, pero no cuentan toda la historia.
Una cifra puede decirnos cuánto material existe, pero no qué ocurre realmente con él.
Por ello, en Bioaqua seguimos avanzando en el Estudio Diagnóstico "Plan de Gestión de Residuos en Transición a una Economía Circular", financiado por el Gobierno Regional de Aysén y su Consejo (BIP 40050813-0).
Y sabemos que entender un residuo, implica también saber dónde se genera, con qué frecuencia aparece, en qué condiciones se encuentra y qué destino tiene hoy. Esa información cambia la forma en que interpretamos una posible oportunidad de valorización.
También existen residuos que pueden pasar desapercibidos. No porque no existan, sino porque tienen destinos tan incorporados a la forma habitual de operar que dejan de reconocerse como tales.
Ese punto es especialmente importante cuando hablamos de economía circular. Identificar un material no significa que exista automáticamente una oportunidad para aprovecharlo. Puede estar distribuido entre muchos pequeños generadores, aparecer solo en determinados momentos del año, encontrarse lejos de quienes podrían utilizarlo o presentar condiciones que dificulten su manejo.
En Aysén, además, el territorio cambia la lectura de cualquier cifra. Las distancias, la dispersión de las localidades y las diferencias de escala hacen que una misma cantidad pueda representar escenarios muy distintos. Es distinto contar con un flujo continuo y concentrado que reunir pequeñas cantidades separadas por cientos de kilómetros.
Por eso los modelos y registros son fundamentales, pero no suficientes por sí solos. Conversar con empresas, productores y otras actorías, permite entender aquello que una planilla no muestra. En esas conversaciones aparece la información que explica por qué un material sigue cierto recorrido y qué tendría que cambiar para diferenciar su destino.
Mirar los residuos de esta manera también obliga a hacer mejores preguntas, apuntando más bien a cuánto está realmente disponible, si ya tiene algún uso y bajo qué condiciones podríamos incorporarlo a una nueva cadena de valor.
Para mí, ése es uno de los aprendizajes más relevantes de este proceso. La economía circular necesita datos, así como comprender la realidad que existe detrás de ellos. Antes de pensar en soluciones, tenemos que reconocer los materiales, entender sus recorridos y distinguir dónde existen oportunidades reales.
Las toneladas nos ayudan a dimensionar la realidad, entender más allá de aquello, nos permite empezar a transformarla.






















