Ivonne Coñuecar, Escritora, periodista y docente coyhaiquina
Soy anterior a la reforma y tuve Castellano, asignatura en la que fue fundamental la conciencia de los profesores y profesoras sobre la labor que cumplían, que no era solo enseñar gramática, explicar movimientos literarios o evaluarnos. Tuve la fortuna de encontrarme con personas con vocación y pasión por la lectura, que colaboraron a abrir puertas hacia la vida que nos esperaba más allá de la Patagonia a finales de los noventa. Nos enseñaron que un libro es un mundo por recorrer y una experiencia de conocimiento, imaginación y goce. Nos entregaron herramientas, desde esas latitudes que debíamos abandonar a temprana edad, para continuar estudios, como era el camino que ya estaba trazado en el imaginario regional.
La literatura nos puso en lugares, desde la imaginación y los afectos, antes de encontrarnos con esos espacios que ya no nos resultaron tan lejanos ni ininteligibles gracias a la lectura. Recuerdo que nos leían en voz alta para descubrir ese goce por la palabra que me causaba deseos de seguir leyendo. Y también ese ejercicio de interpretar y dar una opinión porque, de alguna extraña manera pueblerina, como nos comportemos afuera hablaría de nuestra región. Nos entregaron la certeza de que intercambiar ideas y discutir un poema, un cuento, una novela o un ensayo puede enriquecer una conversación y transformar nuestra relación con la vida y las personas. Nos hacían leer en voz alta para escuchar nuestra voz, para saber decir. Para decir.
Desde ahí pienso que vale la pena preguntarnos qué región queremos construir desde sus prácticas lectoras, porque formar lectores no es conseguir que alguien termine un libro para responder una prueba, sino lograr que volvamos a él por curiosidad, necesidad o placer; que la lectura se convierta en una aventura de vida, en un ejercicio comunitario y de desarrollo. Porque, también lo hemos comprobado, la lectura es un motor para la movilidad social y colabora en el desarrollo de destrezas para sobrevivir y construirnos como personas; sobre todo para quienes dejamos Aysén a una edad muy temprana y donde, así como los sueños, la frustración también nos esperaba a la vuelta de la esquina.
La lectura afirmó el camino, que siempre ha sido misterioso. Y en este paseo por el Coyhaique de los noventa, y mi amor a la literatura, quiero aprovechar para saludar tardíamente, en su día (16 de octubre), a quienes colaboraron en el inicio de este camino que recorro: al profesor Luis Rodríguez, quien me mostró la potencia y belleza de la dramaturgia; a la profesora Ana María Muttel, por habilitar la interpretación con perspicacia y su capacidad de mediar; y, especialmente, a Lorena Sáez, profesora que con los años se convirtió en mi amiga y quien me hizo confiar en que el camino de las letras podría ser más que un anhelo.

























