Patricio Segura Ortiz, Periodista. psegura@gmail.com Fue uno de los primeros médicos que conocí con un notable, y a veces ilimitado, compromiso por la salud de las personas en clave ambiental. Hubo otros y otras antes, en el mundo y en Chile, pero fue él quien mayor visibilidad tuvo al enfrentarse, sin temor, a decir lo que en otras épocas demasiado se callaba.
La primera vez que supe del Dr. Andrei Tchernitchin Varlamov, fallecido hace pocos días, fue a propósito del proyecto Alumysa. Esa procesadora de aluminio que se pretendía instalar en el fiordo Aysén, que impulsara la canadiense Noranda con el apoyo de una red vinculada a la Democracia Cristiana y a la familia Walker, en tiempos de la Concertación. Lo dejo en evidencia sólo con el objeto de dar cuenta de los poderes que era capaz de confrontar en pos del bien de las personas.
Fue impulsor -y su presidente durante varios años- del Departamento de Medioambiente del Colegio Médico (en sus inicios Comisión de Salud y Medio Ambiente), que funciona hasta hoy. A su alero apoyó a múltiples comunidades de zonas de sacrificio, que no sólo han sufrido y sufren los impactos de proyectos productivos sino a su vez los efectos de equivocadas e irresponsables políticas públicas. En el fondo, aportó a hacer realidad la subsidiariedad del Estado: un grupo intermedio de la sociedad como el Colegio Médico cumple un rol que, algunos creemos, el Estado debiera ejercer en primer lugar.
Las familias de Antofagasta afectadas por la contaminación minera con arsénico, las del complejo Quintero-Puchuncaví que vivían constantes episodios de intoxicación por la operación industrial y de termoeléctricas, las de Arica expuestas al plomo o las de Santiago dependientes de un río Maipo maltratado por nuestra forma de producir y habitar, supieron de su trabajo. Voluntario, desde la acción gremial, porque era un convencido de la importancia del rol de las organizaciones de la sociedad civil. Sabía que existen ámbitos que deben ser asumidos desde una óptica de interés público. Y uno de ellos es la salud.
En 2016 Alto Maipo, en esa época de la estadounidense AES Gener y la chilena Antofagasta Minerals (Luksic), lo demandó por publicar hallazgos sobre contaminación del río Maipo. El libelo quedó en nada.
Tras Alumysa, regresó a nuestra región en múltiples ocasiones.
Habló sobre los impactos de la minería en Chile Chico y Alto Mañihuales, principalmente con respecto a los metales pesados presentes en diversos relaves abandonados. Y en 2018 fue parte del grupo de trabajo del Colegio Médico que dio cuenta de la contaminación de la mina El Toqui, transformando el tema en noticia nacional.
En 2012 se refirió a los efectos de la radiación electromagnética de las torres de alta tensión en la salud de las personas que viven en sus alrededores. Y por la misma época no tuvo problemas en exponer a la toxicidad de las lacrimógenas que las fuerzas policiales pusieron de moda tras las protestas contra HidroAysén el año previo.
En 2014 se le concedió el Premio Nacional de Derechos Humanos y sus pares le entregaron en 2021 la Condecoración de Honor de la Orden Médica.
Su trabajo estuvo fuertemente orientado hacia el impacto que la contaminación ambiental genera en embarazadas y, a través suyo, en recién nacidos. Es lo que se conoce como "imprinting", proceso mediante el cual se define el registro celular del ser humano en sus etapas embrionarias y fetales, repertorio que le acompañará durante toda su existencia. En esa etapa de formación inicial, la influencia externa es fundamental para el futuro de la persona. Medicamentos, alimentos, procesos hormonales en desequilibrio, incluida, por cierto, la contaminación ambiental. Dicho en simple, los contaminantes ambientales que interfieren en la gestación son causa de patologías en la adolescencia y adultez. Ahí están los documentos y entrevistas del Dr. Tchernitchin que lo explican de mejor forma.
Fue pionero en denunciar hace más de 40 años la presencia del plomo en pinturas, plasticinas, juguetes y los combustibles que se comercializaban y distribuían en el país. Metal pesado comprobadamente tóxico, responsable de múltiples problemas de salud en las personas, incluidas complicaciones neuronales. En 1996 el diario La Nación titulaba: "Plomo, un nuevo enemigo público", con Andrei dando la alerta.
En los procesos legislativos que permitieron ir cambiando reglamentos y normas, Tchernitchin fue fundamental. Transmitía ya en esa época una visión clara sobre por qué estamos en la situación actual, donde normalmente son los más vulnerables (en situación de pobreza, que viven discriminación por género, color de piel, procedencia geográfica, educación) quienes sufren las consecuencias del exitoso modelo de desarrollo que nos quieren vender: "Mientras se siga priorizando las ganancias económicas por sobre la salud de la población, seguiremos lamentando catástrofes ambientales" ha sido su mensaje.
El hombre que nos dejó en estos días fue, en sí mismo, vivo ejemplo del "imprinting": un ciudadano que, a través de sus acciones, colaboró -como tantos otros y otras- a grabar en nuestra sociedad un sentido de responsabilidad desde lo público hoy vigentemente necesario.
Un rol que debieran conocer las nuevas generaciones, incluidas las de Aysén, que lo que hoy vivimos se cimienta en lo que aportaron quienes nos precedieron.
Hasta pronto, Andrei. Quienes quedamos, permaneceremos por siempre agradecidos de tu legado






















