Columnista, Colaborador
Hace pocos días en AquaChile vivimos la cuarta versión de la Ruta de la Innovación, un programa anual que invita a nuestros colaboradores a proponer ideas y soluciones para resolver desafíos reales de la industria acuícola. En su final, 24 proyectos mostraron algo que muchas veces olvidamos cuando hablamos de innovación, que las mejores soluciones no siempre parten de grandes desarrollos tecnológicos, sino de personas capaces de mirar un problema conocido de una manera distinta.
La experiencia deja una pregunta interesante para Aysén. ¿Cómo hacemos para que esa capacidad de resolver problemas no ocurra solo dentro de las empresas, sino que se transforme también en una capacidad colectiva y con pertinencia regional.
Para una región como la nuestra, innovar no es solamente incorporar nuevas tecnologías. Es encontrar mejores maneras de enfrentar desafíos que conocemos bien, como el aislamiento geográfico, las dificultades logísticas, la conectividad, la disponibilidad de servicios especializados o los efectos del cambio climático. Son condiciones que muchas veces complejizan el desarrollo, pero que también pueden transformarse en un punto de partida para crear nuevas soluciones.
Esto adquiere todavía más relevancia en un contexto de transformación tecnológica acelerada. La inteligencia artificial, la robótica, la biotecnología y muchas otras herramientas están modificando la manera en que producimos y trabajamos. El desafío es que esos avances no se concentren únicamente en los grandes centros urbanos, sino que también puedan desarrollarse, adaptarse y generar valor desde las regiones.
La salmonicultura tiene experiencia que aportar en ese camino. Por las características propias de nuestra actividad, hemos debido buscar permanentemente nuevas respuestas frente a desafíos sanitarios, ambientales, productivos y logísticos. Esa necesidad ha impulsado mejoras de procesos, incorporación de tecnología, generación de conocimiento y el desarrollo de proveedores cada vez más especializados.
Pero quizás la mayor oportunidad está en lo que puede ocurrir fuera de los límites de una empresa.
Cuando una industria abre sus desafíos al territorio, también abre oportunidades para que emprendedores, proveedores, profesionales, universidades, centros de formación e instituciones locales desarrollen respuestas. Una necesidad operacional puede transformarse en una solución tecnológica. Una dificultad logística puede dar origen a un nuevo servicio. Un residuo puede convertirse en materia prima para otro proceso y una brecha de capacidades puede impulsar nuevas alternativas de formación.
En ese sentido, las empresas también podemos contribuir generando demanda por innovación local. No necesariamente desarrollando todas las soluciones internamente, sino planteando problemas concretos, compartiendo conocimiento, generando espacios para probar nuevas ideas y dando oportunidades para que capacidades existentes en la región puedan crecer.
Para avanzar en esa dirección se requiere fortalecer la colaboración. Vincular de mejor manera las necesidades reales de las actividades productivas con las capacidades de proveedores, emprendedores, centros de formación, academia y sector público permitiría desarrollar soluciones más pertinentes para la realidad de Aysén y, al mismo tiempo, generar nuevas capacidades que permanezcan en la zona.
El potencial está en que Aysén no sea solamente un lugar donde se implementan soluciones desarrolladas en otros lugares, sino también donde esas soluciones se crean.
En Aysén tenemos desafíos suficientes para innovar y también talento, conocimiento y experiencia para hacerlo. En esta tarea la salmonicultura puede ser parte de la conversación, no sólo como una actividad productiva, sino como un actor que puede contribuir a conectar mejor esos elementos y atrevernos a probar nuevas formas de resolver problemas que muchas veces hemos enfrentado durante años.
Si logramos avanzar en esa dirección, la innovación dejará de ser un concepto asociado únicamente a la tecnología para convertirse en algo mucho más concreto, una herramienta para generar capacidades, porque el desarrollo regional requiere innovación. Y la innovación requiere algo todavía más importante: la capacidad de trabajar juntos para transformar los desafíos de Aysén en oportunidades.



















