Patricio Ramos, Ciudadano
Siempre, cerca de la fecha de la revisión, hacía algún arreglo al bólido. Una mantención, cambio de aceite, de neumáticos, también aprovechaba de encargar al mecánico que "me pasara la revisión".
Este año me hice cargo. Reservé hora. Me aclaran que, al ingresar, debo ubicarme en la primera fila -de tres- y a la izquierda, que es donde están las personas con reserva. Llego muy temprano y ya había un conductor con jockey, soy el segundo de la fila, sin embargo, me separaban de él unos metros, y al bajarme a preguntar se me adelanta un tipo que venía detrás. Ahora soy el tercero: este me mira con cara de póker, lo odié por un momento.
Sintomático resultó que, a medida que la gente se iba ubicando en la fila, pronto se bajaban a revisar las luces de estacionamiento, viraje, frontales, altas bajas, e invariablemente limpiaban sus vidrios, panel, etc. Como que les atacaba una crisis de confianza, un remordimiento. El cronista se abocó a la aplicación de silicona al panel y a cuanto veía. Todo lo que no hizo en un año.
Los dos conductores mencionados se bajan a hablar con un funcionario que llega como en una urgencia clínica. Y con una Tablet, más un rostro impertérrito mira las patentes. Algo les dice. Veo sus caras de inquietud y decido aproximarme. Me mira y espeta: "revisión técnica anterior"-, se la muestro y me vuelve a decir: - "pase a pagar por allá"-. Entro a un lugar con caja. Uno de los conductores habla con otro mientras paga a una señorita risueña, se nota nervioso pues habla mucho y, el otro más callado, habla de su grúa.
Cuando pagué pasé a otra sala. Un espacio amplio con casino y vista panorámica a la cancha de pruebas. Vi mucha gente preocupada y el señor del jockey del inicio seguía hablando mucho, se sumaban otros. Uno de ellos derechamente dijo que estaba nervioso y el que me quitó el lugar estaba silente, acodado en la ventana, mirando con cara de quien espera el arribo de un náufrago; también observaba los rostros de quienes a esa hora metían sensores bajo el capot, tubo de escape etc. Uno de estos mueve la cabeza negativamente: corre hielo por la espalda.
Llega el diagnóstico de uno de los "pacientes": - "rechazado, parabrisas, 15 días"-. El tipo que me ganó el puesto, a continuación: - "rechazado, frenos, 15 días": justicia divina, lo miré y sonreí.
El lugar era como una sala de espera en una maternidad. No creo que haya un sitio donde la inquietud y la comunión masculina se haga más patente. Si hubiera andado con habanos, y se pudiera fumar, habría repartido a todos. Y creo que si ofrecía que nos tomásemos de las manos y cantáramos alguna canción de aquellas religiosas, seguro que más de alguno me secunda.
Al fin, me llaman, una señorita me dice: - "aprobado"-. Terminó la espera, salí raudo y satisfecho, con una experiencia nueva y que no imaginaba en sus contornos dramáticos.






















