Patricio Ramos, Ciudadano
Creo que hoy no quiero hablar de todo lo que le falta a nuestra región en materia de infraestructura hospitalaria, de equipamiento o profesionales. Ni de los ratones.
A pesar de que debería, como lo han hecho otros. Mi pluma vieja y asustadiza esquivó esas incomodidades, y ha preferido desviarse hacia un territorio menos visible y, quizás, más universal.
La espera. Ese lugar donde habitan el paciente -su paciencia- y quienes lo acompañan. Un sitio que no está en los mapas, sin fronteras, donde el tiempo deja de obedecer a los relojes y comienza a medirse de otra manera.
La espera tiene un sonido. Similar a un silbato agudo que se instala en oídos y vientre. Un sonido que, por permanente, por constante, se parece al silencio.
Generalmente en un hospital. La espera lo sorprende a uno sin sonrisa, mirando por horas hacia la pared, un calendario, una máquina indefinida con luces, que emite ruidos constantes, rítmicos; y que se acelera, acelerando también nuestra atención, inquietándonos.
La espera le sorprende a uno mirando muebles de metal blanco, o que alguna vez lo fueron. También biombos.
Mientras esperamos observamos los pasos acelerados de una enfermera y sus sandalias de espuma sintética que se pierden en el fondo oscuro de un pasillo. Y de otro personaje, de blanco, que se le cruza y parece doctor: grave, serio. Me pregunto si me hablará, uno contiene el aire, prepara preguntas, acomoda la esperanza. Parece que hay novedades. No, venía a ver al paciente de al lado. Otra urgencia.
En la espera casi no se piensa. Se desea. Los recuerdos aparecen sin orden. El futuro pierde sus contornos. El presente se vuelve diminuto y, al mismo tiempo, inmenso. Todo depende de muy pocas cosas, un examen, una llamada, un resultado, una máquina capaz de sostener una vida o un avión que logre despegar entre el viento, las nubes bajas y la geografía obstinada, donde incluso el clima parece decidir el destino.
Afuera continúa el mundo. Amanece, oscurece, llueve sobre los techos de las casas y del hospital. La gente sigue su vida. Adentro, en cambio, el universo entero está detenido, empequeñecido, cabe en una puerta que puede abrirse o no.
La espera no duele como una herida ni arde como la fiebre. Es más silenciosa. Va tomando, poco a poco, la fuerza de quien espera, hasta dejarlo suspendido en una fragilidad extraña, donde cualquier noticia pesa más que una montaña.
Y entonces sucede. Se abre la puerta.
—Preparen el traslado. Llegó el avión.
Dedicada a Miriam, Pato, y a todos los que esperan.



















