Carmen Gloria Parés Fuentes, Bibliotecóloga, Archivos e Investigación Histórica
Por eso este "libro" no será una guía, ni un catastro exhaustivo, ni una investigación. Será un tránsito entre escenas, voces, documentos, caminatas, paisajes, conversaciones y silencios.
¿Cómo se construyó esta cartografía? Cada cementerio, tumba, animita o sepultura fue registrada con GPS, fotografías y apuntes de campo. En cada localidad consultamos registros civiles, municipalidades, administradores de cementerios, pobladores antiguos, paramédicos y personas vinculadas al cuidado de los recintos. El trabajo se realizó el verano del año 2005, recorriendo el sur de la región. No se trató de un levantamiento cuantitativo ni exhaustivo. Fue un acercamiento subjetivo y situado. Muchas entrevistas fueron fortuitas: alguien que aparecía en un camino, un cuidador que salía a saludar, una familia que ayudaba a cruzar un río, una mujer que había perdido a su hijo y abría su corazón frente a una tumba.
Capítulo 2. Cerro Castillo: la ternura del suelo
Era media tarde, el cementerio estaba quieto, nadie a la vista. Viento suave, casi un roce, y un sol que no encandilaba. Animales pastando al borde del cerco -algunos dentro, otros fuera- como si tiempo y espacio entre vida y muerte se hubiese vuelto un pequeño asunto bovino.
Entré despacio. No por respeto -que por supuesto, también- sino porque el aire lo pedía. Era un aire que parecía querer sostenerlo todo. Sostener los pastos largos, los pájaros que cantaban sin prisa, las tumbas de madera -cada una diferente, cada una delicadamente imperfecta-y a mí. Un cuerpo vivo y ajeno.
Me acerqué a una de las tumbas de esas en forma de casita, con un techo ajado y unas pequeñas flores plásticas que sobrevivían con pura fe. No sé por qué me arrodillé. Tal vez porque la tierra estaba esponjosa, tibia, como si respirara.
Puse una mano en esa tierra y el cuerpo completo se me vino abajo. No como un desmayo sino como un descenso. Como si ese suelo de tierra suave y mullida me hubiese permitido descansar por primera vez en el viaje de mi vida. Apoyé la cabeza. Cerré los ojos. Lloré.
No lloré por nadie en particular. Ni por mí. Lloré por esa ternura que me tomó desprevenida: la ternura del suelo de un recinto que te acoge y no pretende imponerse, ni lucir, ni brillar, ni enseñar. Solo estar y sostener.
El cementerio de Cerro Castillo me confirmó un aspecto que olvidamos sobre los cementerios: su capacidad de producir intimidad. Intimidad espiritual con nuestra propia existencia y su arco de tiempo, y con la tierra (y el cielo). No es la forma de la tumba la que destaca aquí, sino el contacto con la tierra. Algo en su textura invita a detenerse. Es un cementerio que no expulsa, no intimida, no pesa. Se deja habitar. Cuando la comunidad lo cuida, cuida también esa atmósfera, ese aire. Más que ornamental, es un cuidado afectivo.
Fragmento de una conversación con una vecina:
Aquí el cementerio es tranquilo mijita. Tranquilo como el campo cuando baja el sol. La gente que está aquí no está sola. Hay un viento especial, ¿lo siente? No es frío. No es de esos que le cierran el pecho. Una viene, limpia un poquito, conversa.
Yo siempre digo que, si una se acuesta un rato, la tierra le cuenta algo. No sé qué, pero algo.























