Columnista, Colaborador
En política no existen las casualidades retóricas; existen los guiones preconcebidos. En las últimas semanas hemos visto cómo figuras de la izquierda sincronizan de forma perfecta en radios y televisión, una consigna llamativa: calificar a la actual administración de "gobierno triste", acusando a sus autoridades de sembrar una supuesta asfixia y desánimo. Lejos de ser una crítica estética ingenua, esto constituye el primer compás de una partitura conocida: la preparación psicológica del terreno para deslegitimar a las instituciones y justificar una nueva insubordinación.
Esta narrativa no se ha quedado en los matinales santiaguinos. En las páginas de este mismo diario, columnistas locales hace unos días atrás solamente, ya han comenzado a deslizar con pasmosa soltura, que vivimos bajo una "dictadura" o que sus actuaciones en contra de la violencia son dictatoriales. La etiqueta no es para nada casual ni aislada; responde a una minuta coordinada y dirigida desde sus cúpulas, para permear la opinión pública desde los territorios.
El verdadero rostro de esta maniobra quedó al descubierto hace pocos días en Santiago durante el Foro de Madrid. Bastó que un sector se reuniera a debatir sobre las ideas de la libertad para que grupos radicalizados salieran a copar las calles, intentando censurar y amedrentar por la fuerza. Cabe preguntarse: ¿cuántas marchas, barricadas o actos violentos se organizan en Chile cuando sesiona el Foro de São Paulo o se reúnen las mal llamadas "fuerzas progresistas"? Ninguna. El sector republicano, libertario y respetuoso del orden entiende como dogma, que la libertad implica debatir sin mordazas. La izquierda dura, por el contrario, recurre al veto callejero cada vez que una idea desafía su hegemonía.
El libreto actual calca punto por punto el camino de 2019. Primero instalan que el país padece una amargura insoportable porque las autoridades no actúan como animadores de espectáculo; luego tildan la gestión del régimen de "iliberal", y finalmente dan el salto retórico hacia la "dictadura". Este paso es puramente operativo: si convencen a la ciudadanía de que gobierna un tirano, la violencia, la paralización y el sabotaje pasan a ser bautizados falsamente como "Resistencia Legítima".
Banalizar los conceptos de tiranía o dictadura es la consumación de una estrategia que ese sector lleva más de cincuenta años explotando a su conveniencia: manosear etiquetas y apropiarse del relato histórico para obtener mediante la agitación lo que no logran conquistar en las urnas.
En Aysén sabemos bien del esfuerzo cotidiano y de la tranquilidad que exige el progreso. A un mandatario no se le paga el sueldo para ofrecer espectáculos populistas ni para congraciarse con el aplauso fácil, sino para gobernar con rigor, sobriedad y apego a la ley. No permitamos que repitan la mentira mil veces hasta consagrarla como verdad. El libreto de la revuelta ya está en marcha; desenmascarar esta maniobra a tiempo es el único camino para que nuestra región y el país no vuelvan a caer en la trampa del caos.



















