Manuel Álvarez Lucero, Antropólogo
Imaginen a un científico o arqueólogo del año 4026 excavando los estratos digitales de nuestra era. No encontrará pergaminos ni tratados filosóficos en papel. Hallará discos duros fósiles repletos de rostros amarillos incorpóreos, berenjenas flotantes, manos flotantes saludando y gatitos llorando de risa. Su conclusión científica será inevitable: a principios del siglo XXI, la humanidad sufrió una mutación cognitiva masiva que la obligó a abandonar el alfabeto fenicio para adorar a un nuevo panteón de deidades poligonales llamadas "emojis".
Es cosa de observar lo que ocurre con la forma de comunicarnos, produce una mezcla de fascinación y sutil espanto. Tras milenios puliendo la sintaxis, domesticando el subjuntivo y debatiendo la semántica, el Homo Sapiens ha decidido que la cúspide de la evolución comunicativa es regresar a las cavernas. Pero esta vez, las pinturas rupestres tienen luces de neón y se envían por WhatsApp.
Hemos sustituido la angustia existencial por una calavera gris que, paradójicamente, significa que algo nos dio mucha risa. El cortejo amoroso, antes mediado por la prosa romántica, o la poesía, hoy se resume en el sutil bombardeo de un corazón de fuego o, para los más pragmáticos, el envío directo de un durazno.
La complejidad del lenguaje articulado se está desintegrando ante el avance implacable de estos jeroglíficos de colores. Hay algo de magia animista en este fenómeno. Los emojis no solo complementan el texto, lo fagocitan. Poseen una cualidad totémica: acumulan significados flotantes que cambian según la tribu urbana que los use. El emoji de las manos juntas muta mágicamente de una oración cristiana a un agradecimiento secular, o a un choque de manos de alta tensión. Un simple payaso encapsula tesis enteras sobre la geopolítica actual o el comportamiento de nuestros gobernantes locales sin necesidad de redactar un solo párrafo editorial.
Diseñamos supercomputadoras cuánticas, dividimos el átomo y expandimos la banda ancha global solo para terminar comunicándonos como escribas del Antiguo Imperio Egipcio, pero con peor gusto estético. El alfabeto, ese invento tan abstracto y elegante que nos costó siglos estandarizar, se percibe hoy para las nuevas generaciones como un lastre pesado, demasiado lento para la velocidad del pulgar moderno. Redactar una disculpa formal requiere esfuerzo, enviar un simio tapándose los ojos automatiza la culpa y nos exime de la madurez verbal.
¿Estamos ante el fin de la literatura o ante el nacimiento de un sistema de telepatía visual hiperbólica? Quizás el lenguaje verbal fue solo un largo y complicado desvío histórico, un paréntesis ruidoso entre la primera roca pintada en Altamira y el último emoticón de una carita derretida que describe perfectamente cómo nos sentimos un lunes por la mañana en la oficina.
Mientras los lingüistas tradicionales se preocupan al máximo, la cultura popular avanza, imperturbable, hacia un silencio pictográfico. Las palabras se vuelven sospechosas, densas, propensas al malentendido. El emoji, en cambio, ofrece la ilusión de una fraternidad universal donde un pulgar arriba sella contratos, rompe matrimonios o inicia revoluciones. Si enviamos mensajes usando únicamente palabras completas, con sus debidos acentos y signos de puntuación, lo más probable es que nos pregunten si estamos enojados, si nos pasa algo grave o si nos hemos convertido en un robot antiguo.
El futuro ya no se escribe; se dibuja en pantallas táctiles de cinco pulgadas. Es la nueva era.




















