Jessica Igor Chacano, Periodista y magíster en Relaciones Internacionales
Hace algunos días escuché una conversación que me dejó pensando. Alguien preguntó cuánto ganaba a una persona, pero nadie le preguntó qué leía, qué sabía o qué podía enseñar. Eso me hizo ir más profundo todavía y sentir que vivimos en tiempos curiosos, porque nunca fue tan fácil exhibir lo que tenemos y, al mismo tiempo, tan difícil mostrar lo que somos.
Las redes sociales se han convertido en una especie de vitrina permanente donde se exponen viajes, automóviles, remodelaciones, compras y logros económicos. No hay nada reprochable en ello, al contrario me parece que el trabajo honesto y el bienestar material son aspiraciones legítimas. El problema surge cuando comenzamos a creer que el valor de una persona puede medirse, exclusivamente, por el tamaño de su cuenta bancaria o por la cantidad de bienes que acumula.
Poco a poco hemos ido confundiendo prosperidad con éxito y riqueza con realización personal. Mientras algunos exhiben sus nuevas adquisiciones, otros pasan años estudiando, investigando, leyendo o desarrollando conocimientos que difícilmente aparecerán en una fotografía. Un libro leído no genera tantos aplausos como un automóvil nuevo, una conversación inteligente no suele recibir tantos "me gusta" como una cena en un restaurante de moda.
Sin embargo, son esos conocimientos, esas ideas y esa capacidad de comprender el mundo los que terminan acompañándonos durante toda la vida. El dinero permite comprar comodidad, pero no necesariamente criterio, también nos puede abrir puertas, pero no garantiza sabiduría, puede llenar espacios físicos, aunque no siempre llena los vacíos intelectuales o espirituales.
Resulta paradójico que en una época donde existe acceso prácticamente ilimitado al conocimiento, muchas veces se valore más la apariencia de éxito que el crecimiento personal. Pareciera que hemos olvidado que las grandes transformaciones de la humanidad no nacieron de las cuentas corrientes, sino de las ideas. Fueron el pensamiento, la educación, la ciencia, el arte y la cultura los que impulsaron a las sociedades hacia adelante.
Quizás por eso convenga preguntarnos qué tipo de riqueza estamos construyendo. La económica puede perderse en una mala inversión, en una crisis o en un cambio de circunstancias. La intelectual, en cambio, viaja con nosotros para toda la vida, nadie puede confiscarnos una habilidad aprendida, una reflexión profunda o el conocimiento adquirido después de años de esfuerzo, incluso en las peores crisis o tragedias.
Tal vez el verdadero éxito no consista en llenar los bolsillos hasta que no quede espacio para nada más o acumular bienes materiales, sino en llenar la mente de ideas, preguntas y aprendizajes que nos permitan comprender mejor la vida y a quienes nos rodean. Porque existen riquezas que no se exhiben, no se fotografían y no cotizan en ningún mercado, pero son precisamente las que más valor tienen cuando las luces se apagan y quedamos a solas con nosotros mismos.






















