Editorial, Redacción La reciente movilización estudiantil en las calles céntricas de Coyhaique ha vuelto a encender las alarmas en la Patagonia. Estudiantes secundarios y universitarios se unieron para rechazar los recortes en la educación pública propuestos para el Presupuesto 2027.
La alerta de los jóvenes es contundente: los recortes proyectados en la educación y la reducción de recursos en liceos Bicentenario afectan directamente a cuatro planteles emblemáticos de la zona, amenazando la formación escolar.
Esta manifestación estudiantil, más allá de su fueron pocos o fueron muchos, trasciende lo coyuntural y plantea un principio fundamental: tu problema sigue siendo mi problema.
Porque a catorce años del histórico Movimiento Social por la Región de Aysén, las demandas educativas y sociales continúan estando plenamente vigentes.
La Universidad de Aysén nació precisamente del olvido y de la lucha de 2012. Hoy, la incertidumbre y la exigencia de resguardar becas esenciales como Aysén, Patagonia y Junaeb evidencian una brecha inaceptable en un territorio que es sumamente caro para la vida.
Pero la demanda no se queda ahí. Vivir en Aysén implica enfrentar los precios de combustibles más altos del país, pasajes aéreos muy costosos para viajar por estudio o atención médica especializada, y un aislamiento que excede lo geográfico y responde a la desconexión de las políticas públicas centrales.
Nadie debería verse forzado a salir a las calles para pedir empleos dignos, salud, vivienda o educación.
El gobierno no puede ajustar el gasto fiscal a costa de las necesidades básicas de la población en las zonas extremas.
La postergación de Aysén exige que las autoridades nacionales asuman con diálogo genuino y seriedad las solicitudes de la comunidad austral.
Resguardar el bienestar en la Patagonia no es una concesión ni un favor, sino un deber.
























