Patricio Ramos, Ciudadano
"Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros
cantando;
y se quedará mi huerto, con su verde árbol,
y con su pozo blanco..." (Juan Ramón J., "El Viaje Definitivo", fragmento)
Hay palabras que asoman pronto. Otras, permanecen largo tiempo silentes, aguardando. Después, aparecen con naturalidad. Así ocurre con una columna de opinión. No nace solamente de las ideas. Nace de los días.
Es una época singular. Las máquinas escriben. O, más bien, ordenan las palabras y las ideas con habilidad técnica no vista. Resumen, corrigen, calculan, comparan, enlazan. Resuelven en segundos lo que antes ocupaba horas y días.
Y, sin embargo, cuando llega el momento de escribir una columna, aparece una duda. Una nube.
Porque una columna que se precie de tal no informa, ni hace proselitismo administrativo de servicios públicos, ni se hace por cumplir. Tampoco pretende demostrar una tesis. Hace algo más sencillo y tal vez más difícil: acompaña. Es la conversación que alguien sostiene consigo mismo mientras mira el mundo.
Esa mirada nace, no en la abundancia de datos, ni en la perfección de la sintaxis. Nace en la naturaleza -fuente fecunda de reflexión-, en un hospital, en un café, en el gesto fatigado de una trabajadora, en la sonrisa resignada de quien hace un trámite, y en esas insignificancias donde suele esconderse la condición humana.
La IA puede describir todo eso eficazmente. Pero el lector percibe la retirada. Como cuando entra en una casa perfectamente ordenada, e intuye que allí nadie vive. Están los muebles, la lámpara, los libros. Falta únicamente la vida. Es como la sensación de ausencia que deja ese poema de Juan Ramón Jiménez que encabeza esta columna. Así, la "complicidad" entre el columnista y la máquina quedan en evidencia.
Escribir semanalmente es disciplina y confesión. El articulista deja caer, sin advertirlo, señales de sí mismo: entusiasmo, ironía, cansancio, memorias, una antigua lectura, un error, un lugar común. Con el tiempo, los lectores terminan conociéndolo. No porque él se describa, sino porque acaba revelándose en su manera de mirar.
No veo con demasiado recelo esta nueva inteligencia. La contemplo con curiosidad de viejo. Sospecho que ocupará un lugar importante como herramienta. Lo decisivo seguirá siendo la conciencia que la gobierna.
Porque escribir una columna nunca ha consistido únicamente en escoger bien las palabras. Es, ante todo, aprender a mirar. Hay quien contempla el mundo con escepticismo e ironía; quien descubre en un paisaje las huellas de la creación; quien no deja de interrogar la realidad hasta convertir cada certeza en una nueva duda. No son recursos literarios. Son maneras de estar en el mundo.
Esa forma de mirar sigue siendo el verdadero oficio del escritor. Y, por fortuna, ninguna máquina ha aprendido todavía a vivir antes de escribir.






















