Editorial, Redacción Los recientes casos de femicidio tentado registrados en distintos puntos de Aysén durante las celebraciones de Fiestas Patrias vuelven a poner frente a nosotros una realidad que no podemos normalizar. Que estos hechos no hayan terminado en femicidios consumados no disminuye su gravedad ni el impacto que tienen sobre las mujeres que los viven y sus familias.
Son situaciones que muestran que, pese a los esfuerzos desplegados durante los últimos años, la violencia contra las mujeres continúa presente y requiere una respuesta mucho más permanente y decidida. No basta con reforzar los mensajes cuando se aproxima el 8 de marzo, el Día de la No Violencia contra las Mujeres o las Fiestas Patrias. La tarea debe ser cotidiana.
Necesitamos dejar atrás las campañas que aparecen únicamente en determinadas fechas y avanzar hacia una acción sostenida, capaz de modificar conductas, cuestionar la violencia y detectar tempranamente aquellas situaciones que pueden terminar en agresiones graves o incluso en la muerte de una mujer.
Y esa tarea no puede recaer únicamente en el Gobierno de turno. El Estado tiene responsabilidades fundamentales, pero erradicar la violencia contra las mujeres requiere también del compromiso de las familias, las comunidades, los establecimientos educacionales, los lugares de trabajo y las organizaciones sociales.
La educación cumple aquí un papel central. El respeto, la igualdad y el rechazo a las distintas formas de violencia deben comenzar desde la primera infancia y mantenerse durante toda la trayectoria educativa. No podemos esperar a que una persona sea adulta para enseñarle que controlar, amenazar, agredir o vulnerar a una mujer no son expresiones de afecto ni conflictos privados, sino conductas que deben ser reconocidas y rechazadas.
Lo mismo ocurre en los espacios laborales y comunitarios. Actuar a tiempo significa saber identificar señales de alerta, contar con redes de apoyo y generar ambientes donde una mujer pueda pedir ayuda sin miedo, vergüenza o cuestionamientos.
Aysén es una región donde nos conocemos, donde las comunidades tienen una cercanía que puede ser una fortaleza. Usemos esa cercanía para protegernos y no para guardar silencio frente a situaciones que conocemos o sospechamos.
Los recientes hechos deben servir para algo más que activar una campaña o una declaración pública. Deben impulsarnos a revisar qué estamos haciendo, qué está funcionando y qué debemos cambiar. La violencia contra las mujeres no puede ser una preocupación de temporada. Tiene que ser una prioridad permanente.
Porque detrás de cada cifra hay una mujer, una familia y una historia. Y como sociedad, no podemos conformarnos con reaccionar cuando el daño ya está hecho.






















