Patricio Segura Ortiz, Periodista. psegura@gmail.com
Difícil es desentenderse de los desafíos éticos que involucra el uso de la inteligencia artificial. Ya no sólo por los de allá, "los otros" y, si se quiere, "los malos" (impulsores de la guerra, estafadores, violentos), sino para el ciudadano de a pie.
Hoy es fácil conjurar a la IA (sea ChatGPT, Claude, Gemini) para que haga todo el trabajo por ti. Mientras escribo esta columna, Copilot de Office me ofrece que le implore "hacerlo más conciso", que "lo estructure y perfeccione", que "lo mejore para que sea claro y profesional". Posibilidad a la cual no había pensado recurrir, pero ahí está la IA, como la serpiente que nos abre un esplendoroso futuro si sucumbimos a sus dones.
La tecnología nos ha acompañado desde los inicios de nuestro camino en sociedad. Ha permitido potenciar exponencialmente nuestras limitadas capacidades biológicas: los barcos nos trasladaron más lejos, la escritura hablarle a quienes aún no habían nacido, los telescopios ver lo que de otra forma nos sería velado.
Gracias a estos especiales soportes de a poco fuimos expandiendo como humanidad nuestros horizontes, a la vez que como individuos fuimos ganando y perdiendo habilidades. Entre estas últimas, ciertas competencias cognitivas. Un estudio del MIT mostró cómo en un grupo determinado "los usuarios de IA tuvieron menor actividad neuronal en las regiones del cerebro que tenían que ver con la creatividad, atención y procesamiento de la información. También les costó más hablar sobre el ensayo que acaban de redactar o citarlo" informó hace poco Radio Bío Bío.
Esto deriva en el dilema del impostor. De quien se viste de lo que no es, alardea de conocimientos que no tiene o de habilidades que no se ha esforzado en desarrollar.
Si alguien hace una presentación donde lo relevante es el contenido (datos, análisis, interpretación) y no el diseño (aunque en comunicación forma y fondo vayan algo de la mano), no debiera haber problema en que se usen herramientas digitales para mejorar la puesta en escena. Es lo que antes se hacía al consultar a amigos o solicitar apoyo de un diseñador. El problema es arrogarse como propia la reflexión de terceros (sea persona o sistema tecnológico). Como esos emocionantes textos que se parecen tanto entre sí, plagados de clichés literarios del tipo "no es A. Es B, C y D". Lo googlié: se llama espanortosis. Cuando se lo tope, desconfíe. Puede estar frente a un impostor (o impostora).
Como toda sociedad que vive cambios profundos, los límites de lo correcto e incorrecto en este ámbito aún no están claros. Cuáles son los bordes aceptables en la utilización de estas tecnologías hoy masivas gracias a su gratuidad, donde el pago son los datos con que la alimentamos cada vez que le hacemos una pregunta o le pedimos una tarea.
Dicen que cada época tiene su afán. Ésta, entre otros, acordar una ética que nos permita lidiar con estos cambios tecnológicos que se nos vinieron como aluvión. Donde la discusión no es elegir entre formar una guerrilla anti tecnológica o atacar a todos quienes buscan regulaciones robustas sobre los nuevos sistemas de información.
Porque el pensamiento crítico nunca pasará de moda. Dejar que las tecnologías piensen por nosotros (y engañen al resto sobre aquello) es un problema para el individuo pero también para la sociedad.
















