Patricio Ramos, Ciudadano
El mecánico me dijo que la poca fuerza que experimentaba mi bólido a cierta velocidad se debía, en definitiva, a que la caja automática tenía "algo". No supo precisar qué era ese "algo", pero sí tenía una pintoresca solución. En efecto, debería usarla en modo mecánico, en cuarta, pues ese ejercicio provocaría que la caja se arreglara sola. El consejo, según me explicó, se lo había dado un mecánico extranjero, porque él, sencillamente, "no veía cajas de cambio" (SIC).
Heme aquí, entonces, conduciendo mi jeep en modo mecánico cada vez que me acuerdo, sin haber constatado todavía si el problema se solucionó. Y, mientras conduzco, me asalta una pregunta que trasciende los misterios de la transmisión automática: ¿existirán realmente cosas que se arreglan solas?
La vida parece sugerir que sí. Pensemos, por ejemplo, en el dolor de una pena amorosa. Al principio creemos que el mundo se acaba, que nada volverá a tener sentido, que esa ausencia nos acompañará para siempre. Sin embargo, un día descubrimos que el recuerdo ya no duele tanto. No hicimos nada extraordinario; simplemente pasó el tiempo. Ocurrió algo parecido con aquella rabia que nos consumía por una injusticia, con una discusión familiar que parecía irreconciliable o con una preocupación que, vista desde la distancia, terminó perdiendo importancia. ¿Se arreglaron solas esas cosas o fuimos nosotros quienes cambiamos mientras la vida seguía su curso?
También están las amistades que se enfrían, los malos entendidos que pierden fuerza cuando dejamos de alimentarlos y los problemas que parecían enormes hasta que apareció una circunstancia nueva que los puso en su verdadera dimensión. A veces, no intervenir es una forma de sabiduría. Hay asuntos que necesitan reposo, distancia y silencio, como el vino, las heridas y ciertas conversaciones pendientes.
Pero no todo se arregla solo. Una enfermedad requiere atención, una deuda no desaparece por ignorarla y una relación deteriorada difícilmente se recompone si nadie está dispuesto a reconocer sus errores. Confundir paciencia con abandono puede costarnos caro. Tal vez la clave esté en distinguir aquello que necesita nuestra intervención de lo que necesita, sencillamente, tiempo.
Mientras tanto, sigo conduciendo mi jeep en cuarta, esperando que la caja automática recupere sus fuerzas por obra y gracia del ejercicio mecánico. No sé si funcionará. Tal vez un día descubra que el problema desapareció; tal vez termine visitando a un especialista.
Lo cierto es que la experiencia me ha dejado una enseñanza. Algunas cosas se arreglan solas, otras se arreglan con ayuda y unas cuantas solo parecen arreglarse porque aprendemos a convivir con ellas, nos resignamos. Es decir, no se arreglan.
La sabiduría, supongo, consiste en reconocer la diferencia. Y, de vez en cuando, en cuarta o en automática, dejar que la vida haga lo suyo, sin olvidar que también nos corresponde conducir.
























