Patricio Ramos, Ciudadano Siempre quise escribir una columna sobre esto. La semana antepasada, la señora que me ayuda a en los cuidados de mi padre relató, impávida, que vio un bulto gris desplazarse a ras de suelo por el living. Cruzó veloz bajo la mesa del comedor y se desvaneció, sin explicación, tras una pared. No es, por cierto, el único episodio de ese tipo en esta casa, y esto lo digo con la misma serenidad.
Hace casi cuarenta años, mi progenitor aseguró haber visto a un monje idéntico al Padre Pío al despertar del trance que casi le cuesta la vida. Mi madre y mis tías lo habían encomendado al santo, en secreto. Él nunca dudó de lo que vio.
Lo que sigue será, sin duda, considerado poco serio. Pero la seriedad -tal como hoy se la entiende- es un valor que suele consistir en repetir aquello que cabe dentro de lo verificable o posible, como si la restricción fuera sinónimo de verdad. Diré entonces, aun a riesgo de parecer además anacrónico, que no me resulta convincente descartar de plano aquello que no comprendemos. Ánimas, duendes, hadas, milagros, presencias, no afirmo su existencia, pero tampoco acepto que la razón contemporánea haya dicho la última palabra sobre ellas.
¿Y cómo prosigue una columna así? Pienso en una escena de Hellboy II: The Golden Army (2008), de Guillermo del Toro. En ella, Hellboy se enfrenta a un elemental del bosque, una criatura que encarna la vida en su forma más antigua e indómita. Al destruirlo, no elimina simplemente una amenaza, extingue algo irrepetible. La tragedia no está en la violencia, sino en lo que esa muerte representa.
El propio del Toro ha señalado que esa criatura simboliza un dios del bosque, arrasado por la expansión tecnológica humana. No es un monstruo, sino una forma de inocencia desbordada, incomprensible para un mundo que ya no tiene lugar para ella.
Y es aquí donde la anécdota doméstica relatada al inicio deja de parecer trivial. Porque tal vez la cuestión no sea si estos fenómenos existen o no, sino qué significa que hayan dejado de tener cabida en nuestra manera de entender el mundo.
Nuestros mayores no eran necesariamente más crédulos, acaso más permeables, observadores. Habitaban un mundo donde lo visible y lo invisible no estaban del todo separados. En el viento había intención, en la enfermedad presencia, en la noche umbral. Duendes, ánimas o hadas no eran meras fantasías, sino formas de nombrar lo que excedía la comprensión, de integrar el misterio en la vida cotidiana.
Hoy hemos sustituido el misterio por el mecanismo. Donde hubo bosques, hay loteos; donde había pequeños estanques hoy hay alcantarillas; donde antes se intuía lo invisible, ahora sólo zumban motores. Y en ese desplazamiento -que llamamos progreso- algo se ha erosionado sin estrépito, pero notablemente: la profundidad espiritual del mundo.
J. R. R. Tolkien no lo planteó como tesis, sino como imagen: la retirada de los elfos en sus relatos es una despedida. En su legendarium, lo mágico no desaparece por falsedad, sino porque el mundo humano deja de ser capaz de sostenerlo. La pérdida es, por tanto, espiritual antes que material.
Por su parte, don Miguel de Unamuno sí lo expresó de manera directa. La razón, llevada a su extremo, no satisface el anhelo humano de perpetuidad. En Del sentimiento trágico de la vida, expone esa tensión problemática entre lo que la razón niega y lo que el corazón exige creer. No hay síntesis posible, sólo conflicto.
Un mundo sin duendes ni presencias puede ser más ordenado, más predecible, incluso más seguro. Pero también es un mundo más estrecho, hasta más feo. No silencioso en el sentido fecundo de lo que guarda algo, sino vacío, despojado de aquello que antes nos interpelaba desde lo desconocido.
Quizás por eso, de tanto en tanto, algo irrumpe. Un bulto gris que atraviesa el living. Una figura que se deja ver en el umbral de la muerte. No como prueba, sino como fisura. Porque si Tolkien tenía razón, no fuimos nosotros quienes dejamos atrás a esas criaturas, fueron ellas las que se retiraron de un mundo que ya no supo acogerlas. Y si Unamuno también la tenía, entonces esa retirada no nos dejó más lúcidos, sino más desgarrados, ciegos y superficiales.
Tal vez lo verdaderamente inquietante no sea que ya no veamos duendes.
Tal vez lo alarmante sea que hemos aprendido a no verlos.




















