Patricio Ramos, Ciudadano Siempre es al revés. Alguien cae al agua y hay que sacarlo, salvarlo y volverlo a su vida, sea como esta fuere.
Hay ríos que no se recorren, se confiesan. Y hay jornadas de pesca que no buscan peces, sino una forma de seguir viviendo. Así fue aquel descenso por el antiguo río Mañihuales, allá en Aysén, donde el agua corre con esa transparencia que no es pureza, sino desnudez: lo muestra todo, hasta lo que uno quisiera dejar en el fondo.
Cacho —así le decían, como si el nombre propio sobrara frente al oficio— llevaba años leyendo esas aguas. Curtido por la Patagonia, endurecido por el viento y la paciencia, sabía que un río no se domina, se escucha. Era su último día con Eduard, un hombre venido desde la lejana Montana, enviado especialmente por el lodge. No era la primera vez que venía. Pero esta vez era distinto: venía solo.
En ese bote con manchas de grasa, angosto y algo gastado, mientras el río apretaba en sus rápidos, Eduard hablaba sin mirar. Como quien no quiere interrumpir algo sagrado -el fluir del agua, o el fluir de su propia memoria-. Había enviudado hacía poco. Y lo decía sin dramatismo, pero con ese peso que no se oye en la voz sino en los silencios entre frase y frase, en el mirar al horizonte cada cierto rato. Contaba que, en las noches junto a la cama del hospital, mientras la vida de su compañera se deshilachaba sin remedio, él cerraba los ojos y volvía aquí. A estos ríos. A esos arroyos mínimos que descienden hacia el Ñirehuao, escondidos entre ñires y coirones, donde el mundo parece todavía intacto.
"Creo que eso me salvó", dijo en voz baja, casi sorprendido de oírse.
Y el río seguía. Transparente como una verdad que no admite refutación, ni consuelo. A los costados, el bosque siempreverde se inclinaba sobre el agua, como si quisieran mirarse en ella: coihues y tepas antiguas, raíces abrazando la tierra húmeda, helechos que parecían repetir una misma oración vegetal. Todo allí tenía una continuidad que desmentía la muerte.
Cacho lo miraba de reojo. Había visto muchos pescadores, de todas las clases. Los ansiosos, los soberbios, los que venían a vencer al pez como si fuera enemigo. Pero este hombre no. Este hombre tenía el rostro gastado por algo más que el tiempo, por la pérdida. Y, sin embargo, había en sus ojos una obstinación distinta, una esperanza que no se explicaba, pero que estaba.
—Ahí —dijo Cacho de pronto, señalando un pozón oscuro donde la corriente se detenía apenas, como si respirara—. Deja caer la mosca justo en la orilla de la corriente.
Eduard asintió con seriedad. No preguntó. Hay momentos en que la confianza no se razona: se ejerce. El lance fue limpio. La línea describió en el aire una curva breve, precisa, y la mosca cayó donde debía, ni antes ni después, ni más cerca ni más lejos. Apenas tocó el agua, desapareció en una sombra que se movió desde el fondo.
La trucha tomó.
No fue un tirón violento, sino una decisión, un impulso casi razonado. Como si el pez hubiera estado esperando ese instante desde siempre. La caña se arqueó, la línea tensó el aire, y el río, que hasta entonces parecía indiferente, se volvió escenario de una lucha antigua.
Minutos largos. Tal vez eternos. La trucha —una fario, grande, lomo negro, pesada, con ese dorado oscuro que parece hecho de la misma tierra— corrió, saltó, se defendió con la dignidad de lo salvaje. Eduard la sostuvo con una firmeza serena, sin apuro, sin rabia. No quería vencerla, quería encontrarse con ella.
Cacho no dijo nada. Solo observó.
Cuando por fin la acercaron al bote, el pez aún vibraba con esa energía que no se rinde del todo. Eduard la tomó con cuidado. Sus manos, marcadas por los años, temblaron apenas. Y entonces, sin ceremonia, sin palabras, la devolvió al agua.
La trucha se perdió en el fondo, como si nunca hubiera estado.
Fue en ese instante que Cacho lo vio. No el gesto, no la sonrisa (que también estaba) sino algo más hondo: una liviandad nueva en el rostro de ese hombre. Como si junto con el pez hubiera soltado otra cosa, invisible, pero más pesada. Eduard nada dijo. No hacía falta.
La pesca tiene esas cosas. No siempre se trata de capturar, sino de devolver. No siempre se trata de traer algo a uno, sino de dejar algo en el agua, de dejar ir.
Siguieron bajando el Mañihuales en silencio. El bote deslizándose entre las corrientes, el bosque respirando alrededor, el cielo abriéndose en claros breves. Y en ese silencio, que ya no era soledad sino compañía, ambos hombres —tan distintos, tan lejanos— compartían algo que no se nombra, pero que, a veces, salva.




















