Manuel Álvarez Lucero, Antropólogo
La sociedad chilena suele definirse a sí misma a través de una épica de la solidaridad, somos el país que se levanta de los terremotos y el que comparte el pan cuando la desgracia aprieta. Sin embargo, en el reverso de esa medalla dorada habita un ecosistema de malas prácticas y vicios culturales tan arraigados que ya forman parte de nuestra identidad nacional.
Vivimos bajo la sospecha constante de que el entorno intenta estafarnos, una paranoia justificada por la realidad cotidiana. Desde el taxista que decide hacer un tour panorámico no solicitado para inflar la tarifa al turista o al pasajero distraído, hasta el mecánico que diagnostica una falla catastrófica que se soluciona apretando un tornillo, la sensación de estar a punto de ser embaucado es una constante.
Esta cultura de aprovecharse con malas prácticas de los otros se profesionalizó con las estafas telefónicas. Es casi un rito de iniciación recibir una llamada desde algún centro penitenciario donde un supuesto policía, con un tono de voz sorprendentemente amable, te informa que un familiar sufrió un accidente y que la única forma de salvarlo es transfiriendo dinero a una cuenta. O peor aún, el clásico mensaje de texto de una empresa de encomiendas que retuvo un paquete que jamás compraste, esperando que hagas clic en el enlace de la perdición.
En el centro de estas prácticas opera una distorsión de la verdad. La mentira en Chile es un lubricante social. Está la "mentirita piadosa", el "voy saliendo" cuando apenas estás saliendo de la ducha, o el "te transfiero al tiro" que estira el pago hasta el próximo mes. Hemos normalizado el engaño de baja intensidad como una forma de cortesía o de supervivencia, transformando la palabra empeñada en un pagaré sin fondos.
A esto se suma el arribismo, esa necesidad neurotizante de aparentar un estatus económico y social que no se tiene. El chileno promedio es capaz de endeudarse a cien cuotas con un interés usurero para lucir el último modelo de celular o para ostentar unas vacaciones en el extranjero. El arribismo se manifiesta también en el lenguaje, en el esfuerzo cómico por matizar el acento según el código postal o en el uso pretencioso de tecnicismos en inglés para validar términos que perfectamente pueden explicarse en español.
Y si el arribismo es el motor del consumo, la envidia es el freno de mano emocional del país. El éxito ajeno se perdona poco. Cuando a alguien le va bien, la primera reacción colectiva rara vez es el apoyo, es la sospecha. "¿En qué andará metido?", "Seguramente en algo malo", son las frases comunes para procesar el triunfo del otro.
Finalmente, no se puede obviar el egoísmo vial y el desprecio por el espacio público. El peatón que no respeta la luz roja, el conductor que bloquea una intersección porque "su tiempo vale más que el del resto", o la persona que arroja basura a la calle asumiendo que el espacio común es responsabilidad de un tercero invisible.
Estas conductas revelan una alarmante falta de civismo, una desconexión con la idea de comunidad. Preferimos el beneficio inmediato y microscópico antes que el bienestar colectivo. Al final del día, estas malas prácticas configuran un paisaje social complejo: un país que sueña con el desarrollo y la modernidad, pero que tropieza a diario con los vicios de su propia idiosincrasia.























