Editorial, Redacción Las imágenes y testimonios que han surgido desde el Liceo de Melinka son una señal de alerta que ya no admite indiferencia. Problemas estructurales, malos olores por la inexistencia de un sistema de alcantarillado adecuado, presencia de roedores y diversas deficiencias sanitarias forman parte de una realidad que estudiantes, docentes y apoderados enfrentan diariamente en el único establecimiento de enseñanza secundaria de la isla.
Lo más preocupante es que esta situación no corresponde a una emergencia repentina ni a una dificultad menor. Se trata de problemas arrastrados por años, que distintas administraciones y organismos públicos no han sido capaces de resolver con la urgencia que merece una comunidad educativa aislada geográficamente y con limitadas alternativas de acceso a servicios básicos.
La reciente manifestación pacífica realizada por estudiantes y apoderados refleja el cansancio y la frustración acumulada. Resulta difícil hablar de calidad de la educación cuando existen jóvenes que deben asistir a clases en condiciones indignas, expuestos a ambientes insalubres y a infraestructura deteriorada. Ningún discurso sobre igualdad de oportunidades puede sostenerse mientras existan establecimientos que aún funcionan en condiciones tan precarias.
El caso de Melinka también deja en evidencia una profunda inequidad territorial. En muchas ocasiones, las comunidades insulares sienten que sus problemas avanzan a un ritmo mucho más lento que en el resto del país. Y aunque las dificultades logísticas existen, aquello no puede transformarse en una excusa permanente para postergar soluciones básicas relacionadas con la dignidad y el bienestar de los estudiantes.
Aquí el Servicio Local de Educación Pública y el Ministerio de Educación tienen la responsabilidad de asumir un rol mucho más activo y visible. La ciudadanía no espera únicamente diagnósticos, anuncios o compromisos administrativos. Lo que se necesita son acciones concretas, plazos claros y soluciones definitivas para un establecimiento que cumple un rol fundamental en la formación de los jóvenes de Melinka.
Además, sería un error considerar esta situación como un caso aislado. En distintas comunas de la región existen establecimientos que también presentan deterioro estructural y necesidades urgentes de inversión. Melinka, en ese sentido, parece ser solo la expresión más visible de un problema mayor que afecta a parte importante de la infraestructura educacional regional.
Ojalá la situación sirva para generar una reacción real de las autoridades y no quede reducida a nuevas declaraciones de buena voluntad. Porque detrás de cada sala deteriorada, de cada olor insoportable y de cada denuncia ignorada, hay estudiantes y familias que merecen algo tan básico como estudiar en condiciones dignas y seguras.




















