Columnista, Colaborador
Que el Presidente Kast haya dedicado una parte de su primera Cuenta Pública al turismo no es un detalle menor. El sector ha buscado durante años un lugar más estable en la agenda pública, y esta señal apunta en la dirección correcta. El anuncio del Plan Ruta Austral -más de 800 mil millones de pesos para expandir la Carretera Austral entre La Junta y Villa O'Higgins- y la próxima presentación de un Estatuto Laboral sectorial son señales concretas de que el turismo se está tomando en serio como motor de desarrollo y empleo. Eso merece ser reconocido, y como sector debemos recibirlo con disposición constructiva.
Dicho esto, quienes trabajamos en ecoturismo tenemos el deber de agregar una capa de lectura que el discurso político no siempre incorpora: la conectividad sin sostenibilidad puede ser tan destructiva como el abandono. La Carretera Austral ya es hoy un destino turístico activo, con operadores locales, visitantes nacionales e internacionales y una identidad territorial consolidada. Precisamente por eso, ampliar su alcance exige ir más allá de la obra vial: se trata de escalar con criterio un modelo que ya existe, pero que necesita capacidad de carga definida, estándares de manejo ambiental y, de manera urgente, una mejora sostenida en la calidad del servicio turístico. Allí coexisten bosques siempreverdes milenarios, ecosistemas de alta fragilidad y comunidades locales con identidades profundas que representan un patrimonio natural y cultural de valor global; y ese patrimonio merece visitantes bien recibidos, no solo bien conectados.
El ecoturismo -entendido no como una categoría de nicho para viajeros de mochila, sino como un paradigma de gestión territorial responsable- nos enseña justamente eso: la infraestructura es condición necesaria, pero no suficiente. Los destinos que han logrado convertir su patrimonio natural en bienestar real para sus comunidades son aquellos que avanzaron en paralelo: caminos y gobernanza local, accesibilidad y protocolos de conservación, apertura al visitante y resguardo de la identidad del lugar. Esa simultaneidad no es un lujo académico; es la diferencia entre un destino que florece y uno que se consume a sí mismo.
Respecto al nuevo Estatuto Laboral para el turismo, la propuesta apunta a un problema real: la estacionalidad que históricamente ha impedido profesionalizar y retener talento en el sector. Una regulación que permita adaptar las jornadas en temporadas altas y compensar las bajas puede ser transformadora. Pero su éxito dependerá de cómo se construya: con participación de los trabajadores, de los pequeños operadores locales y de las comunidades que sostienen el turismo en los territorios. Un estatuto diseñado sin esa base participativa difícilmente logrará equilibrar las necesidades de todos los actores del sector.
La oportunidad está abierta. Chile tiene los activos naturales para construir un modelo de turismo que sea ejemplo a nivel regional: paisajes únicos, biodiversidad excepcional, comunidades con identidad y una trayectoria de conservación que el mundo reconoce. Lo que se necesita ahora es que la inversión en infraestructura vaya acompañada de inversión equivalente en planificación territorial, sostenibilidad y formación de capital humano local. No son objetivos opuestos: son las dos ruedas del mismo vehículo. Y ese vehículo, si lo conducimos bien, puede llegar muy lejos.
















