Patricio Ramos, Ciudadano
"Para dialogar,
preguntad, primero;
después... escuchad» (Antonio Machado: "Proverbios y Cantares" Nuevas Canciones, 1ª Parte)
Nunca aprendí a jugar truco, tampoco otros juegos de salón. Esta sensible omisión me pesó, se transformó, diría yo, en un obstáculo para ampliar mi círculo social. Sí, como lo fue no pertenecer a alguna "hermandad", orden religiosa, cofradía o camarilla influyente. Debería agregar el mal genio del cronista y no haber egresado de colegio privado, por aquello de las redes.
Cierto amigo me "tiró las cartas" de Tarot. Desde esa ocasión deben haber transcurrido casi veinte años. Siempre quedé con el regusto de que sus respuestas se avenían con algo que me parecía familiar.
Y así, una buena mañana me vi con un mazo de cartas de Tarot. Pero lo dejé de lado casi inmediatamente con cierto temor inexplicable, atávico. Como si hubiera sido un pecado. Lo veía cada mañana encima de mi velador; primero le miraba directamente, luego de soslayo, con curiosidad, con discreción; como si explorara algo vivo, latiendo, evitando que se diera cuenta. Pasaban los días, y seguía ahí. Y yo, sin tocarlo siquiera. Sentía que me observaba y estaba presente mientras hacía otras cosas; era como el cuervo del poema de Edgar Allan Poe, siempre ahí. (Nota personal: verificar si este párrafo no salió muy dramático)
Una tarde, ya terminada la jornada laboral, y excepcionalmente sin ganas de ir a pescar, me fui a ver esas cartas, y lo que tenían que decirme. Obviamente, sin conocer el método, -y sin complicarme demasiado, siguiendo de cerca a C. Jung en esto de que "nada es casual"-, me dispuse a cortar y mezclar las cartas de una manera poco seria. Al final las partí en dos y previamente pensé en preguntar por cuestiones que hoy me guardo: el lector no tiene por qué enterarse de las pequeñas miserias del cronista, el que prefiere seguir envuelto en un imaginario glamour.
Sin saber qué significaba cada carta, me entregué a la lectura de aquel libro del viejo canoso y sonriente de Jodorowsky, que ignoro desde cuando lo tengo en mi biblioteca, solo en cuanto me aclarara el significado de cada Arcano.
Y así esas cartas, una a una, me fueron hablando de seguir un camino propio, ajeno a otras reglas. Pero también que las mías debían ser revisadas, que a mi pesar era un tanto rígido, que estaba en un proceso de ruptura —incómodo con ciertas estructuras de mi vida- con culpas, etc., etc. Cuando llegué a esta parte de la reflexión a la que me invitaba, me paré de golpe y dejé las cartas sobre la mesa.
Me dije a mi mismo que todo esto ya lo había pensado, pescando en el silencio del agua alguna tarde. Así que tomé mis cosas y me fui a seguir conversando, ahora con el río, mientras armaba un tabaco negro. Había que aprovechar que quedaba aún una luz naranja en el horizonte, para hacer lo que más me gusta en el mundo.



























