Columnista, Colaborador
Agradezco la respuesta porque permite profundizar algunas ideas y continuar un debate que considero necesario. No conozco personalmente a mi contendor, pero precisamente por eso me parece interesante que podamos discutir desde las ideas. Y si la invitación es abordar este debate desde los planos institucional, sociopolítico y de autocrítica, vamos por parte.
En la dimensión institucional, se afirma que existiría una contradicción entre el libertarismo y el Estado Democrático de Derecho. No veo esa contradicción en los principios que nos convocan.
La declaración de principios parte de algo concreto, el ser humano es persona y posee derechos inalienables anteriores y superiores al Estado, como la vida, la dignidad, la libertad, la propiedad y la búsqueda de su felicidad. De ahí se desprende que el Estado no es el origen de esos derechos, sino que debe respetarlos y protegerlos.
Eso no significa eliminar el Estado ni sus funciones esenciales, sino poner límites al poder. Estos principios reconocen la necesidad de un Estado capaz de garantizar la seguridad, la justicia y la soberanía, dentro de una República democrática, con separación de poderes y protección de los derechos.
Limitar el poder del Estado no equivale a desmantelar el Estado de Derecho. Al contrario una garantía fundamental del Estado de Derecho es que el poder también tenga límites.
En la dimensión sociopolítica, se enumeran propuestas controversiales y se las presenta como expresión de una supuesta desconexión con las demandas de la sociedad. Podemos discutir cada una. Algunas podrán parecernos acertadas, otras equivocadas y otras derechamente discutibles. No tengo inconveniente en hacerlo.
Pero una cosa es debatir una propuesta y otra utilizar una selección de ejemplos para definir la totalidad de un proyecto político o atribuirle una intención antidemocrática. Una propuesta puede ser polémica o incluso equivocada, y seguir siendo legítimo discutirla dentro de una democracia.
Si queremos hablar de libertarismo, hagámoslo a partir de sus principios, propuestas y consecuencias, y no de una selección de posiciones que permita concluir anticipadamente que quienes adherimos a él somos regresivos o contrarios a la democracia.
La democracia no consiste en que todos tengamos el mismo diagnóstico sobre la sociedad. Consiste en que ciudadanos libres puedan defender diagnósticos distintos, confrontarlos y someterlos a la decisión de otros ciudadanos libres.
Finalmente, respecto de la autocrítica, aquí probablemente tenemos más coincidencias de las que parece. Quienes militamos o adherimos a un proyecto político podemos cuestionar errores, excesos y malas decisiones de quienes lo representan. De hecho, eso fue parte de mi columna anterior.
La lealtad a un proyecto no puede confundirse con justificarlo todo. Adherir a principios no significa renunciar al pensamiento crítico. Si creemos en la libertad y en la dignidad de la persona, tampoco tendría sentido exigir obediencia intelectual a un partido.
Por eso no pretendo que nadie deje de criticar al libertarismo. Lo que sostengo es que debemos discutirlo por sus ideas, sus principios, sus propuestas y sus consecuencias, y no por intenciones que se le atribuyen anticipadamente.
Quizás la diferencia entre ambas columnas esté precisamente en cómo enfrentamos los "avatares" de la libertad.
Yo prefiero confiar en la propia libertad: más debate, más argumentos, más crítica y ciudadanos libres para decidir.




















