Columnista, Colaborador
«Un lápiz pesa menos que una pala». Cuando estaba en el liceo, mis profesores repetían esta frase para convencernos de que estudiar una carrera universitaria era la mejor alternativa para nuestro futuro. Había que obtener un buen NEM, preparar la PSU, entrar a una buena universidad y estudiar una buena carrera. Si hacíamos todo bien, las oportunidades llegarían.
Hoy me pregunto qué ocurre cuando uno cumple con todas esas instrucciones, pero el trabajo no llega.
En el trimestre junio-agosto de 2026, el desempleo entre personas con educación superior completa alcanzó el 8,3%, mientras el 38,5% de los ocupados de ese grupo trabajaba en puestos cuyo nivel de exigencia educativa era inferior al de sus calificaciones, según cifras difundidas por La Tercera. No significa que estudiar haya dejado de servir, pero sí que tener un título está lejos de garantizar una inserción laboral acorde con la formación adquirida.
Lo digo también desde mi experiencia como ingeniera civil industrial buscando trabajo en Aysén. He enviado postulaciones, revisado ofertas y buscado oportunidades para las que mi formación resulte pertinente. Algunos procesos terminan sin resultados; de otros, ni siquiera recibo respuesta. Y aparece una paradoja conocida: para conseguir trabajo se exige experiencia, pero para adquirirla alguien tiene que darte la primera oportunidad.
Mientras tanto, a los jóvenes sin empleo se les agrupa bajo la etiqueta de «ninis». Pero no estudiar ni trabajar no equivale necesariamente a no querer hacerlo. Parte de ese grupo busca empleo activamente y no lo encuentra. La voluntad es importante, pero, por desgracia, no crea vacantes. ¿No sería más útil discutir las barreras de entrada al mercado laboral que insinuar que el problema está en la actitud de quienes buscan trabajo?
El Gobierno anunció el Plan Chile Despega, con una inversión de $1,3 billones y la meta de generar más de 100.000 empleos. Crear puestos de trabajo es necesario; también lo es preguntarse quiénes podrán acceder a ellos y si responderán a las dificultades de inserción de los profesionales jóvenes. Contar empleos no basta si no examinamos qué oportunidades ofrecen.
En Aysén, desarrollar una carrera profesional puede implicar enfrentarse a un mercado laboral más acotado o considerar abandonar la región. Por eso, hago un llamado a las autoridades regionales y nacionales a incorporar a los profesionales jóvenes y a quienes buscan su primera oportunidad laboral en el diseño y evaluación de sus políticas de empleo. Necesitamos datos que permitan dimensionar el problema, medidas que faciliten el acceso a la primera experiencia laboral y oportunidades para que el talento formado en la región también pueda contribuir a su desarrollo.
No creo que un título deba garantizar un empleo. Sí creo que es legítimo cuestionar una sociedad que durante años presentó la educación universitaria como el camino hacia un futuro mejor y que, cuando ese futuro no llega, parece dispuesta a responsabilizar únicamente a quien lo buscó.
Nos enseñaron que el lápiz pesaba menos que la pala. Lo que nadie nos explicó es qué hacer cuando aprendimos a sostenerlo, pero no hay dónde escribir.


























