Patricio Ramos, Ciudadano
Lo digo con ese chovinismo que caracteriza al cronista: aquellos tiempos eran bastante más bravos en materia de clima. Y la gente parecía hecha de otro cuero. Aguantaba fríos, y cerrazones con una resignación que hoy pasaría por heroísmo, aunque probablemente entonces no fuera más que la vida diaria. Un lugar común, claro.
Mi padre, como tantos hombres de su generación, trabajaba a campo abierto con nieve o escarcha, como si nada. Ponía las cadenas con las manos desnudas, sin guantes ni cháchara. Terminando la jornada, su tratamiento consistía en un "correctivo": aguardiente, una cazuela y a dormir. Está próximo a cumplir noventa años.
Lo recordaba mientras instalaba esos benditos fierros, tendido sobre la carretera, en algún rincón de la geografía patagona. El viento, inclemente, daba debida cuenta de mis orejas, y cualquier parte del cuerpo que hubiera quedado imprudentemente expuesta.
Se me vino a la memoria una escena de Hermano sol, hermana luna, de Zeffirelli, de 1972. Allí aparece Francisco de Asís, reconstruyendo una vieja capilla románica, cargando adobes con su sayal hilachento y los pies descalzos sobre la nieve, riendo como un niño junto a la pandilla de menesterosos y chiflados que lo seguía. Siempre he pensado que santos y locos terminan pareciéndose, ambos hacen cosas incomprensibles con una alegría que desconcierta al resto. Por eso son perennes.
Yo estaba bastante lejos de la santidad, y menos de sonrisas. Sospecho que estos días de nieve los he pasado en un ochenta y cinco por ciento debajo del jeep, poniendo y sacando cadenas, silbando y maldiciendo. El barro, a estas alturas, ya forma parte estable de mi vestuario invernal.
Que hace frío, hace frío. Una señora de la bajada Ibáñez —me cuentan— soltó sus gallinas como cada mañana y las pobres, al pisar una parte congelada junto al camino, quedaron adheridas al suelo. Después se veía la bandada inmóvil, como si alguien hubiera esculpido unas gallinas de cera en marcha. Ignoro si la historia es cierta. En estas tierras la imaginación es fértil.
Es curioso, la nieve trae consigo un silencio que parece venir de muy lejos. Cada copo, al caer, recoge una mínima porción del ruido del mundo. Los sonidos se vuelven blandos, amortiguados; el paisaje parece respirar despacio. La tierra se cubre de un manto blanco, pero también de una pausa.
Los animales parecen entenderlo antes que nosotros. Se aquietan. Esperan.
Hay momentos en que la naturaleza no necesita intérpretes. Habla sola. La nieve, hoy, dice cosas que ningún discurso mejora. Nuestra tarea no consiste en responder, sino en escuchar. Hacemos lo necesario -ponemos las cadenas, alimentamos los animales, mantenemos el fuego vivo- y después callamos.
Porque hay silencios que no son ausencia de palabras, sino una forma más alta de la conversación. La nieve lo sabe desde siempre. Nosotros, de vez en cuando, alcanzamos a recordarlo.




















