Manuel Álvarez Lucero, Antropólogo
Caminar por Coyhaique es un ejercicio continuo de memoria visual, resistencia física y paciencia patagónica. Para quienes habitamos esta esquina del mundo, o para aquellos viajeros que llegan buscando la postal idílica del sur profundo, las calles de la ciudad no representan simples vías de tránsito. Son el reflejo de nuestra historia, de un crecimiento urbano acelerado que a veces desborda la geografía y de una tensión constante entre la identidad que defendemos y la modernidad que se nos impone.
Las arterias de Coyhaique hablan por sí solas, crujen bajo el peso de la nieve y la escarcha invernal y se agrietan con los cambios de estación, contando una crónica cotidiana que hoy exhibe cicatrices difíciles de ignorar.
El trazado original de la ciudad, con su emblemática plaza pentagonal, es testimonio de un urbanismo que chocó de frente con una realidad indomable. Las calles del centro conservan ese aire de pueblo grande, pero su estética original languidece frente a una globalización arquitectónica sin anestesia. La irrupción de los nuevos e antiestéticos "malls chinos" en el corazón urbano es una muestra de ello: galpones de fachadas de latón, letreros luminosos desproporcionados y materiales sintéticos que rompen de forma violenta con la tradición de madera y tejuelas de la zona. Estos colosos del plástico no solo saturan el paisaje visual, sino que actúan como un imán que altera el flujo peatonal, despersonalizando las cuadras que antes sostenían el comercio local.
Durante este invierno, las calles se transformaron en un escenario francamente hostil. La escarcha tiñe las calzadas de un brillo peligroso y transitar por las pendientes se vuelve un acto de audacia. Sin embargo, el verdadero drama invernal de Coyhaique no está en el suelo, sino en el aire que se respira al caminar por ellas. La densa capa de humo proveniente de las cocinas a leña baja al atardecer, envolviendo las esquinas en una neblina tóxica y asfixiante que convierte el simple acto de transitar en una amenaza para la salud. Esa contaminación ambiental, atrapada en la cuenca, se vuelve casi tangible en las veredas, donde el olor a combustión impregna la ropa de los transeúntes y dibuja una atmósfera densa, gris y respiratoriamente dolorosa.
A esta crisis atmosférica se suma un abandono material que se acumula en las cunetas. La basura se ha tomado los rincones de nuestras calles; bolsas rotas por los perros comunitarios, plásticos arrastrados por el viento y microbasurales improvisados en los pasajes de la periferia ensucian el entorno. Esta dualidad expone la mayor injusticia de nuestra trama urbana. Mientras unas pocas cuadras céntricas intentan mantener la dignidad, los habitantes de los sectores altos deben lidiar con el barro en invierno, la polvareda en verano y los desechos acumulados durante todo el año. De este modo, las veredas se transforman en un mapa de la desigualdad social de la Región de Aysén.
A pesar de todo, las calles de Coyhaique poseen una mística innegable que se resiste a desaparecer bajo el progreso descuidado. Todavía es posible levantar la mirada al final de cada bocacalle y encontrar la silueta imponente de los cerros Mackay y Divisadero, recordándonos que la naturaleza indómita sigue allí, vigilante.
Diseñar y habitar la ciudad aquí requiere una mirada local urgente que detenga el feísmo arquitectónico, limpie sus veredas y limpie su aire. Planificar con sentido de pertenencia es una deuda histórica pendiente con la dignidad de una comunidad que hace patria a fuerza de pura voluntad.




















