Columnista, Colaborador
El camino del Chile colonial a la República fue una verdadera revolución de las ideas. En el centro de esa transformación histórica se erige la figura de Bernardo O'Higgins Riquelme, un líder en ocasiones incomprendido y cuya gestión trasciende el mito guerrero para revelarse como el motor reformista que sentó las bases del Estado moderno.
Frente al "oscurantismo colonial", caracterizado por la asfixia económica, la corrupción y el dogma, O'Higgins abrazó el Iluminismo revolucionario, concepción bajo la cual concibió al individuo en el centro del quehacer político, desplazando así la lealtad monárquica por la búsqueda de la "felicidad pública" y el bienestar general.
Sin embargo, el genio pragmático del Director Supremo de Chile detectó tempranamente algo fundamental: comprender que las utopías ilustradas sucumben sin un verdadero andamiaje institucional que las respalde. Es por ello que la Constitución de 1818 —con su Senado Consultor y la consiguiente postergación de un Congreso representativo— estuvo lejos de ser un mero arrebato autocrático, más bien se instituyó como un acto de supervivencia política del naciente régimen representativo chileno, aunque buena parte todavía centralizaba la autoridad, pero bajo principios ilustrados. Y es que en una nación acosada por la amenaza realista y desmembrada por pugnas oligárquicas entre carreristas y larraínes, O'Higgins prefirió la autoridad garantista al caos destructivo. De esta manera, se ocupó de consagrar la libertad e igualdad civil ante la ley, sin dejar de proteger la nueva República de un subyacente abismo anárquico.
Este afán humanista tuvo su expresión más luminosa en el ámbito penal, con la prohibición de los azotes, torturas y apremios físicos en 1819, castigos que el gobierno o'higginiano declaró indignos para una nación moderna, rompiendo así con la "pedagogía barroca" del dolor como control social, e importando a Chile el espíritu de los Derechos del Hombre de 1789. Naturalmente, la inercia cultural impidió extirpar tales prácticas de inmediato, pero el horizonte ético del Estado quedó sellado para siempre.
Ciertamente, el contexto de guerra total exigió un rigor implacable. Banderas de orden, tribunales sumarios y el control nocturno, demostraron que O'Higgins no temía ejercer la violencia legítima cuando la sobrevivencia de la Patria así lo exigía. Pero este férreo control no era un fin en sí mismo, era el terreno fértil para una profunda ingeniería social, a través de la cual el Padre de la Patria asumió un rol pedagógico, promoviendo las artes, regulando la higiene y moralizando las costumbres para forjar virtudes ciudadanas en un pueblo moldeado por el vasallaje.
Como bien subrayó el historiador Ricardo Donoso, tildar el mandato de O'Higgins como estéril es un "imperdonable error", puesto que O'Higgins fue el más decidido de los reformadores: un visionario que equilibró el realismo pragmático con la fe en la justicia social, cimentando su verdadero legado en haber trazado el cauce institucional y ético por el que más tarde germinó la democracia chilena.





















