Carmen Gloria Parés Fuentes, Columnista Pido al diario El Divisadero que me permita publicar esta columna. No quiero guardar silencio de pluma en este momento, incluso si un cri cri se trenza con el pequeño y conocido paniquillo de los decires de mi ángulo obtuso, cuando escribí en esta casa, antes. Escribiré otra vez porque el momento lo amerita. Sursum Corda. Arriba los corazones.
PERMISO. No vengo a dedicar un obituario ni a endiosar ni a juzgar, aunque siempre puedes encontrar veneno en mis escritos deshilachados en el tiempo; tampoco vengo a levantar animitas ni a buscar una posición en la fila de amigas, amigos, socios, camaradas, vecinos, colegas o simples conocidos entrelazados en el camino de la vida.
QEPD quien triste y prematuramente se fue, viajo en escala desde la zona de Puerto Guadal hacia Concepción, ciudad que se convirtió en la última donde estuvo con vida. Ciudad natal; quizá estuvo en el mismo hospital donde nació también mi hija. No lo sé, no teníamos contacto. Si estuve un poco al tanto de la travesía que iban llevando en agosto -una travesía por sus propias vidas- fue por una amiga en común. Una amiga que es cualquier cosa menos efímera.
Me impactó tanto saber el viernes 21 próximo pasado, en medio del intermodal Pajaritos, a punto de irme a Valparaíso, que se fue Pato. No pude ni quise evitar llorar entre la gente, a ratos en el WhatsApp con mi amiga y con otros camaradas de labor.
Lo que me impactó de ese saber es que antes de que oficiara pensamiento o razón, como una cascada se presentó la memoria emocional de la juventud para decirme que se llevaba con él la oportunidad de charlar sobre aquella mañana en que después de conversar toda la noche en medio de la celebración de un matrimonio de otro amigo en común, nos desnudamos al amanecer y así salimos después a la calle, a la anaconda de Baquedano, una mañana fresca de vida, libres y frágiles, excesivos y pueriles, bucólicos, llenos de brío, deseos, quiebres, paradigmas, sueños, luces y sombras... límites.
No, no es una alucinación del tipo IA, tampoco tergiverso demasiado, ni idealizo e intento no hacerlo. Hubo un tercero con nosotros, no sé cómo preguntarle sobre ese momento. No sé dónde está. Solo recordé a Pato en la cascada de Pajaritos. Tampoco sé yo dónde estoy en esto de vernos a través del mínimo común de Aisén, de Coyhaique.
No sé Pato si recordabas este poso, qué te provocaba pasado el tiempo y las vueltas de la vida. Quizá formó parte de tus errores o vergüenzas, o al revés, o no fue nada significativo. Para mí es un sempiterno instante, entre la noche y el alba, de conversar, de filosofar, de experimentar la más corajuda libertad, sin miedo ni vergüenza extraña, de pie, solemnes frente a los taxis silbando las bocinas, la familia que pasó por nuestro lado y los muertos que nos saludaban desde el cementerio. Elijo recordarte aquí, así, ahí. Libre, saludable, lozano.



















