Jessica Igor Chacano, Periodista y magíster en Relaciones Internacionales
Hay profesiones que reciben homenajes todos los días sin necesidad de una fecha especial. Otras, en cambio, pasan prácticamente inadvertidas durante todo el año. El campesino pertenece a este último grupo. Sin embargo, basta detenerse unos minutos frente a la mesa del desayuno para comprender que gran parte de lo que allí encontramos comenzó mucho antes, en el esfuerzo silencioso de quienes trabajan la tierra.
Pero en las grandes ciudades nadie se detiene a reflexionar por un momento de dónde salen los alimentos que llegan a su mesa, y menos cuáles fueron los sacrificios o las historias que hay detrás de eso. Cuántos hombres y mujeres de nuestros campos, con las manos cuarteadas y la mirada resignada, pasan por la vida de manera tan silenciosa y anónima, que incluso la memoria los esquiva.
Cada 28 de julio, el calendario nos recuerda el Día del Campesino. Sin embargo, más allá de la efeméride, son pocas las ocasiones en que nos detenemos a pensar en quienes, desde mucho antes del amanecer, trabajan la tierra, cuidan el ganado o enfrentan las inclemencias del tiempo para que los alimentos lleguen hasta nuestra mesa.
Vivimos en una época fascinada por la tecnología, hablamos del futuro con entusiasmo, pero seguimos dependiendo de uno de los oficios más antiguos de la humanidad. Mientras las ciudades despiertan lentamente, miles de hombres y mujeres ya llevan varias horas de trabajo sobre sus hombros, casi siempre lejos de los reflectores y del reconocimiento público.
La conmemoración de este día nació al alero de la Reforma Agraria impulsada durante el gobierno del presidente Eduardo Frei Montalva, un proceso que marcó profundamente la historia rural de Chile y que hasta hoy despierta distintas interpretaciones. Sin embargo, más allá de los debates históricos, esta fecha también nos invita a mirar el presente y preguntarnos qué significa ser campesino en el Chile de hoy.
Hace seis décadas, las principales preocupaciones estaban relacionadas con el acceso a la tierra, las condiciones laborales y la dignidad de quienes la trabajaban. Hoy la mirada ha cambiado, el envejecimiento del mundo rural, la migración de los jóvenes hacia las ciudades, el cambio climático, la escasez de agua y las dificultades que enfrenta la pequeña agricultura amenazan la continuidad de un modo de vida que forma parte de nuestra identidad y de nuestra ancestralidad.
En territorios como Aysén, donde la ruralidad sigue siendo un componente esencial de nuestra historia, el campesino continúa siendo una figura silenciosa, pero indispensable. Nos hemos acostumbrado a encontrar el pan, la leche, las verduras o la carne sobre la mesa sin pensar en el largo camino que recorrieron antes de llegar a nuestros hogares, ni en las personas que hicieron posible ese recorrido.
Quizá el mejor homenaje que podamos rendir en este Día del Campesino no sea únicamente recordar una fecha en el calendario, sino valorar un trabajo que sostiene nuestra vida cotidiana y que, paradójicamente, suele pasar inadvertido. El país cambia y la tecnología avanza, pero hay oficios que continúan recordándonos que el progreso también depende de quienes, con esfuerzo y perseverancia, siguen cultivando la tierra y preservando una forma de vida que merece mucho más reconocimiento del que habitualmente recibe.





















