Columnista, Colaborador
En Aysén, cuando una pradera pierde vigor o comienza a secarse antes de tiempo, el problema ya está instalado. Para el productor puede significar menos forraje, compra de alimento y mayores costos. Cuando el déficit hídrico afecta a muchos predios, sus efectos pueden transformarse, además, en problemas económicos y sociales.
Frente al cambio climático, la pregunta no debiera ser solamente cómo reaccionamos ante una sequía, sino cómo logramos anticiparnos a ella.
Esa idea orienta mi investigación de Magíster, actualmente en desarrollo, en las praderas ganaderas de secano de Valle Simpson. La hipótesis plantea que el porcentaje de agua contenida en el suelo al 30 de septiembre posee información relevante y predictiva para estimar cuántos días, a partir del 1 de octubre, transcurrirán hasta que la vegetación presente una anomalía negativa persistente.
¿Cómo reconocer esa anomalía? Mediante satélites y un indicador denominado NDVI, que permite medir el vigor de la vegetación. Utilizamos un NDVI estandarizado, porque no basta con saber si una pradera está más o menos verde: necesitamos compararla con lo históricamente normal para esa misma época. Así identificamos cuándo se aleja de su condición habitual. La señal de interés corresponde a un NDVI estandarizado inferior a -1 durante dos observaciones consecutivas.
La pregunta científica es concreta: si conocemos cuánta agua contiene el suelo al finalizar septiembre, ¿podemos anticipar cuántos días pasarán hasta que la pradera muestre una señal persistente de estrés? Para responderla se analizarán 25 temporadas, desde 2000/2001 hasta 2024/2025, mediante un modelo de regresión. La investigación deberá comprobar si esa relación existe y si posee capacidad predictiva.
Si la hipótesis se confirma, su valor práctico podría ser muy relevante. No eliminará la sequía, ni dirá exactamente cuánto lloverá, pero podría entregar algo valioso: tiempo para decidir. Anticiparse puede ayudar a evaluar carga animal, disponibilidad de forraje y ajustes de manejo antes de que el problema esté instalado.
Aquí también existe un desafío para las universidades regionales. La ciencia adquiere sentido cuando observa el territorio, identifica sus problemas y genera conocimiento para enfrentarlos. Aysén necesita avanzar en modelos predictivos que permitan gestionar la incertidumbre frente a un clima cada vez más variable.
No podemos eliminar la incertidumbre, pero sí generar información para decidir antes y con mejores antecedentes. Debemos avanzar desde una cultura de reacción ante la emergencia, hacia otra basada en anticipar, prevenir y gestionar el riesgo.
El desafío no es solamente aprender a detectar una sequía cuando ya llegó. El desafío es intentar verla venir.



















