Editorial, Redacción Cada cierto tiempo vuelve la discusión sobre qué actividad debería liderar el desarrollo de Aysén. Para algunos, la respuesta está en el turismo; otros ven oportunidades en la acuicultura y el mar, mientras hay quienes defienden el papel de la ganadería y la agricultura. Todas esas miradas tienen algo que aportar. El problema es que llevamos años discutiendo el camino mientras muchas necesidades siguen esperando respuesta.
Basta mirar la vida cotidiana para entender la frustración. Hay localidades donde trasladarse sigue siendo difícil, donde la conectividad digital no está garantizada y donde acceder a servicios básicos exige más tiempo y esfuerzo que en otras regiones. No son detalles menores ni asuntos que puedan resolverse solo con campañas para atraer visitantes o con el anuncio de una nueva inversión. Son condiciones que determinan cuánto puede crecer una comunidad y qué oportunidades tienen las personas para quedarse y construir su vida aquí.
Hablar de subdesarrollo puede incomodar en una región con tanta riqueza natural y esfuerzo. Pero evitar la palabra no cambia las brechas. El desafío es reconocerlas sin convertirlas en una etiqueta permanente ni asumir que vivir en una zona extrema obliga a conformarse con menos.
La geografía explica parte de las dificultades de Aysén, pero no puede servir para justificar cada demora ni cada carencia. Precisamente porque las distancias son mayores y los costos más altos, se necesita una política pública que considere esa realidad y una mirada de largo plazo que no cambie cada vez que cambia el gobierno.
Tampoco basta con elegir una actividad productiva y esperar que arrastre al resto. El turismo necesita conectividad y servicios; la producción acuícola requiere reglas claras y una relación responsable con el territorio; la agricultura y la ganadería necesitan mercados, infraestructura y condiciones para competir. Diversificar no significa poner a competir estos sectores, sino construir un desarrollo donde puedan complementarse y generar trabajo durante todo el año.
Quizás ha llegado el momento de acordar unas pocas prioridades regionales y sostenerlas en el tiempo. Un frente amplio, con autoridades, empresas, organizaciones sociales y comunidades, podría ayudar a que las diferencias no terminen paralizando decisiones necesarias. No se trata de pensar todos igual, sino de reconocer qué problemas no pueden seguir postergándose.
Aysén no necesita otra discusión que termine cuando cambia la agenda. Necesita que las brechas que sus habitantes conocen de memoria empiecen a cerrarse. El progreso se nota cuando viajar, conectarse, atenderse o emprender deja de ser más difícil solo por vivir aquí.























