Jessica Igor Chacano, Periodista y magíster en Relaciones Internacionales
Este 12 de octubre Coyhaique cumple 97 años y faltan apenas tres para que la ciudad llegue a su centenario, una fecha que seguramente estará marcada por celebraciones, discursos, inauguraciones y balances sobre lo que hemos construido durante casi un siglo. Y quizás sea precisamente este el momento para preguntarnos algo que incomoda ¿qué hemos construido y, sobre todo, qué esperamos de nuestra ciudad?
Desde aquella "Pampa del corral" que poco a poco fue cobrando autonomía, Coyhaique se transformó en el centro político y administrativo de la región de Aysén. Hace más de cincuenta años que, formalmente, es la capital regional y la ciudad cabecera de este territorio, pero a veces pareciera que todavía no terminamos de asumirlo.
Nos acostumbramos a celebrar como grandes acontecimientos cosas que, en cualquier otra ciudad, probablemente formarían parte de la normalidad. Se instala una tienda de retail en el centro y nos emocionamos como si hubiera llegado una boutique de la Quinta Avenida de Nueva York. Una empresa que está presente en distintas ciudades de Chile y Latinoamérica parece convertirse, de pronto, en símbolo del progreso que durante décadas nos fue negado.
Se anuncia la ampliación del edificio del aeropuerto de Balmaceda y también lo recibimos como una gran conquista, y sí, toda mejora de infraestructura es bienvenida, pero cuesta no preguntarse qué sentido tiene hablar de modernización cuando en invierno las condiciones climáticas siguen condicionando seriamente el tráfico aéreo y la conectividad de toda la región.
Ahora aparecen rumores sobre la posible llegada de un centro comercial, un mall o un shopping center, y nuevamente surge la ilusión. No porque un mall vaya a resolver los problemas de Coyhaique, sino porque su eventual llegada parece confirmar que, finalmente, algo de lo que existe en otras ciudades también podría existir aquí.
Y ahí está el problema, no en celebrar que la ciudad avance, eso es necesario y justo, el problema aparece cuando hemos bajado tanto nuestras expectativas que cualquier cosa que debiera ser parte de la vida cotidiana de una capital regional termina pareciéndonos extraordinaria.
¿Por qué nos hemos acostumbrado a conformarnos con tan poco? Quizás porque durante demasiado tiempo nos dijeron, explícita o implícitamente, que por vivir en Aysén debíamos esperar menos, menos servicios, menos infraestructura, menos conectividad, menos alternativas. Como si la distancia fuera una explicación suficiente para todo, como si ser una región extrema significara también tener que resignarse a una ciudadanía de segunda categoría.
Pero Coyhaique está a punto de cumplir cien años, ya no es aquel pequeño asentamiento que alguna vez fue conocido como el pueblo de Baquedano, es la capital de una región, y sus habitantes tienen derecho a exigir una ciudad acorde con esa condición.
Por eso, más que preguntarnos qué podremos inaugurar para el centenario, quizás deberíamos preguntarnos qué ciudad queremos tener cuando lleguemos a él. Una ciudad que siga celebrando lo mínimo como si fuera extraordinario, o una que haya aprendido a exigir lo que corresponde, porque cumplir cien años no debería ser solamente motivo de celebración, también debería ser una buena oportunidad para dejar de conformarnos.






















