Patricio Ramos, Ciudadano En la población Víctor Domingo Silva, o la "Víctor", como le decíamos a principios de los 80 -cuando Coyhaique todavía era más de campo que ciudad- las guerras eran serias, pero no tanto. Serias porque dolían; no tanto porque al día siguiente volvíamos a jugar como si nada.
Mis amigos del barrio y yo, teníamos enemigos históricos: los de la Quinta Burgos y los de la Bernardo O'Higgins. No eran conflictos geopolíticos, pero casi. Se disputaba el honor, el territorio y, si me apuran, la posesión espiritual de un descampado a lado de lo que hoy es la casa de la comunidad, pero que entonces era nuestro estadio Azteca, nuestra Bombonera y nuestro Coliseo romano. Hasta tenía un arroyo para hacer carreras de botes.
La escena debe verse en cámara lenta. Imagine a cuatro héroes con codos parchados sacando del "ring" (léase: tierra, piedras y alguna ortiga traicionera) a un gladiador caído. El gladiador era yo. El villano, un matón del otro barrio apodado León, que usaba unos pantalones tipo bombacha, tan grandes que podía caber otra familia ahí. León me había reventado a golpes en algo así como cinco o seis minutos, que a los diez años equivalen a un periodo geológico.
No gané la pelea, pero me hice respetar. Y en ese universo, eso era campeonato mundial.
Si hubiera tenido que presentar mi récord ante alguna federación internacional de niños de pobla, habría sido una estadística sin términos medios: 50% de triunfos y el otro 50% derrotas categóricas por knock-out. Pero nunca me fui sin tirar mis manos con la convicción de quien cree que el honor vale más que el resultado. Y eso, visto desde hoy, era una forma primitiva y acaso honesta de dignidad.
Había, además, un pacto de caballeros. Nadie acusaba. Nadie delataba. Nadie llegaba a la casa diciendo: "Fue León". El silencio era sagrado. En mi caso, ni siquiera cuando mi santa madre aparecía en la cancha con una varilla que conocía de memoria la geografía de mis piernas. Es que me peleé tantas veces que mi vieja debe haberse repodrido, pero jamás traicioné el código. Hoy pienso que ese silencio no era sólo lealtad, era también una forma de hacernos cargo de nuestros actos.
Y no, no la pasé mal. Fui profundamente feliz. A los diez años no sabía que éramos pobres. No sabía que mis vecinos y mis contrincantes lo eran aún más. No sabía que nuestras zapatillas gastadas y nuestras camisetas remendadas eran estadísticas para alguna ficha social. Para mí eran uniforme de batalla. La pobreza, cuando es compartida y no se nombra, se vuelve paisaje; y el paisaje, cuando uno es niño, es simplemente el mundo. Mi mundo.
Con los años entendí varias cosas.
Entendí que esas peleas eran, en el fondo, una escuela de límites. Aprendí que el dolor pasa. Que la vergüenza también. Que uno puede caer, llenarse de polvo y levantarse con más rabia que dignidad… pero levantarse al fin. Aprendí que el miedo se hace más pequeño cuando lo miras de frente, aunque te gane por puntos. Aprendí que el respeto no siempre viene de ganar, sino de no salir corriendo. Que el carácter se forja más en las derrotas que en las victorias.
Aprendí también que la adversidad compartida une más que la abundancia individual. Que en esos descampados no sólo intercambiábamos golpes, sino códigos, valores, pertenencia. Que la lealtad, el coraje y el compañerismo no se enseñaban en libros, sino en la tierra, entre trompos y bochas.
Así, todo lo que he enfrentado de adulto —duelos, decisiones inciertas, incluso dificultades laborales— me parece, en comparación, apenas otro round en aquella cancha de población. Si sobreviví a León y a sus bombachas monumentales, puedo sobrevivir a casi cualquier cosa.
Porque a los diez años, sin saberlo, entrenábamos para la vida.
Sin árbitro. Sin protector bucal. Pero con una convicción inquebrantable: aunque la vida no sea propicia, uno siempre puede dar pelea.




















