Manuel Álvarez Lucero, Antropólogo
Vivir en la región de Aysén, específicamente en Coyhaique, tiene un encanto innegable. Disfrutamos de postales de ensueño y nos jactamos de una calidez humana que supuestamente no existe en la fría capital. Sin embargo, detrás de esa fachada de pioneros amables, mates compartidos y chamamés, se esconde una trinidad tan patagónica como el viento: el machismo de herencia, el arribismo de clóset y un doble estándar muy presente.
Al coyhaiquino le fascina el relato del esfuerzo, la épica del colono que domó la naturaleza a hachazos. Pero en pleno siglo XXI, esa mística se traduce muchas veces en un machismo recalcitrante disfrazado de "tradición". El asado parado lo hace el hombre, por supuesto, porque manejar el fuego es un asunto de virilidad territorial. Mientras tanto, la mujer sostiene la logística invisible de la casa, la ensalada y el orden, pero bajo el amparo del "así han sido las cosas siempre". Si una mujer alza la voz o lidera, rompe el paisaje idílico de la Patagonia indómita; si el hombre se impone con brusquedad, es simplemente que tiene el carácter fuerte del patagón. Una conveniencia cultural redonda.
A esto debemos agregar el arribismo, que en Coyhaique adquiere ribetes graciosos. En una ciudad pequeña, donde todos nos conocemos las caras y los apellidos, el estatus no se mide en rascacielos, sino en metros cuadrados de cabaña o en el año de la camioneta 4x4. Vivimos en una obsesión constante por aparentar que el aislamiento geográfico no nos afecta el bolsillo. Se critica con ferocidad el centralismo de Santiago, pero se imitan con desesperación sus peores vicios aspiracionales. El arribismo local opera bajo una lógica inversa: queremos ser desesperadamente exclusivos, pero idénticos al vecino que le va bien. Se mira de reojo al que viene "del norte" a trabajar, tildándolo de afuerino, pero se le rinde pleitesía inmediata si trae un cargo ejecutivo o un apellido dificil de pronunciar.
Y por supuesto, no podemos dejar de mencionar, el doble estándar. Somos una sociedad experta en santiguarnos en público y pecar en privado. En Coyhaique la moral es un elástico que se estira según quién sea el protagonista del hecho. Nos declaramos defensores acérrimos de la vida comunitaria y la solidaridad vecinal, pero somos los primeros en destrozar al prójimo en el murmullo de la fila del supermercado, en el banco o en el anonimato de las redes sociales.
Nos horroriza la delincuencia de las grandes urbes, pero normalizamos la pillería local si la comete un "buen conocido". Rasgamos vestiduras por la contaminación y el cuidado del entorno natural, pero mantenemos la combustión a leña húmeda a todo pulmón porque "el frío no respeta discursos ecológicos".
El patagón se auto percibe como un ser noble, incorruptible y directo, blindado contra los males de la modernidad. La realidad es que somos una hermosa contradicción con chiporro. Nos encanta la parada ruda del pionero, pero nos desvelan las apariencias. Quizás el aislamiento nos obligó a crear este personaje para sobrevivir al invierno. El problema no es tener defectos, el problema es pretender que los tapamos con un poncho de lana mientras miramos, con superioridad moral, el resto del país.
Al final, Coyhaique sigue siendo ese rincón donde el viento fuerte no solo limpia el aire, sino que también desordena nuestras máscaras. Somos como la misma leña que nos calienta: rústicos por fuera, llenos de nudos difíciles de soltar, pero siempre quemándonos en la contradicción de querer habitar el futuro aferrados a la comodidad de un pasado que ya fue. Ojalá que, entre tanto mate y tanta escarcha, aprendamos a mirar hacia adentro con la misma honestidad limpia con la que el cerro Mackay contempla nuestro pequeño y testarudo valle.



















