Patricio Ramos, Ciudadano Un lago en Aysén amanecía como espejo detenido en el tiempo. El agua quieta reflejaba el cielo limpio y unos cerros cubiertos por el verde profundo del bosque siempreverde. Tepas, coihues y canelos se apretaban en un abrazo que protegía el silencio como un tesoro inmemorial. No había prisa, no había voces, no había más sonido que el leve susurro del viento rozando las hojas y el casi imperceptible latido del agua contra la orilla. Un chucao entre los colihues, y otra ave tocando el agua, mientras más allá sonaba el golpeteo seco de algún tronco.
Era un paisaje que no solo se miraba, se respiraba y saboreaba por igual, incluso uno podía sentir su temperatura: helado telúrico, como el frío de las montañas. Yo pensaba que bien pudo ser así el día después de la Creación. Sentado, con una cañita dibujaba peces y venados en la arena.
Pero entonces, sin anuncio ni transición, el equilibrio se quebró. Con violencia. Desde la distancia, primero como un murmullo extraño y luego como una invasión impúdica, irrumpieron los bajos de unos parlantes descomunales. El sonido no era música: era una vibración grosera -insistente por no llamarle rítmica- que golpeaba el aire con la misma violencia de un pequeño terremoto. Provenía de unos automóviles estacionados a pocos metros de mi campamento, donde un grupo de personas, ajenas a todo lo que las rodeaba, había decidido imponer su ruido sobre la vastedad del paisaje.
El lago ya no era espejo, sino una cuenca resonante.
Lo que antes era contemplación se volvió molestia. Lo que invitaba al recogimiento se transformó en una experiencia insalubre, no solo para los oídos, sino también para el ánimo y el alma. Porque hay algo profundamente agresivo en ese tipo de irrupción; no es solo mala educación, no es solo ruido, es la negación del otro, la imposición de una presencia que no dialoga, que no pregunta, que simplemente ocupa y desplaza.
La frustración, en ese momento, no proviene únicamente de la pérdida del silencio, sino de la constatación de una forma de habitar el mundo que parece expandirse sin freno. Una forma donde el volumen reemplaza al argumento, donde la estridencia suplanta a la sensibilidad y la razón; donde, en fin, el espacio común deja de ser compartido para convertirse en territorio conquistado.
Esta invasión de ruido no se limita a lugares remotos ni a episodios aislados. La estridencia se ha vuelto un signo de época. Está en las ciudades, en los medios, en las redes, en la política. Ideas gritadas en lugar de pensadas. Opiniones lanzadas como proyectiles en lugar de compartidas como invitaciones. Todo parece competir por atención, como si el mundo fuera un escenario donde solo existe quien logra imponerse por decibeles.
El silencio, en contraste, no es ausencia. Es condición. Es el espacio donde las cosas pueden ser lo que son sin interferencias. Es lo que permite que un paisaje hable, como me hablaba aquel lago, que una conversación tenga sentido, que incluso el pensamiento se ordene. Es el terreno donde los amantes pueden cobijarse, tranquilos, solo con sus almas frente a frente. Sin silencio, todo se vuelve plano, urgente, superficial y hasta confuso.
También en la Patagonia, esa última frontera imaginada de quietud y distancia, la bulla encuentra la manera de instalarse. El patagón antiguo que conocí, y el de tierra adentro -ese más de gorro que de boina, que no se disfraza- es quedo, de palabras precisas, agudas como verijero y extensas en su sentido, como la estepa que muchas veces le vio transitar. Los nuevos habitantes: de loteo, el funcionario o el emprendedor, de boina grande, con sus barrios de origen, sus colegios y sus decibeles.
Tal vez el problema es más profundo. Hemos empezado a normalizar lo intolerable. A aceptar que el ruido es inevitable, que el silencio es un lujo, que la invasión sonora es simplemente parte del paisaje contemporáneo. Pero no lo es. O no debería serlo.
Defender el silencio no es un gesto romántico ni nostálgico. Es un acto de resistencia. Es reclamar el derecho a un mundo donde no todo esté saturado, donde aún sea posible escuchar -de verdad- lo que nos rodea y lo que llevamos dentro.
Porque cuando el ruido lo ocupa todo, no solo desaparece el paisaje. Desaparecemos también nosotros.






















