Pablo Álvarez Rojas, Columnista
Esto de volverse viejo me parece cada día menos aceptable. Entiendo que quejarme no va a hacerlo más lento ni frenarlo, pero quiero hacer notar mi desacuerdo, cuando menos para que quede la constancia.
Mi molestia se origina en diversas circunstancias, pero me centraré en la progresiva disminución de encuentros a los que estoy siendo invitado. Tampoco es que antes fuese yo tan cotizado; pero bueno, tampoco me faltaba. En palabras de mi abuela: no llovía, pero goteaba.
Ahora, además de llamarme con menor frecuencia, resulta que cada encuentro es más breve y espaciado.
Estoy hablando de fútbol, aclaro.
Casi sin escalas, pasé de invitaciones a jugar, a recibirlas para escribir columnas para el diario.
Pero seguimos, así son las cosas y acá estamos. Me toca ahora ser el que publica la cartelera de partidos que emitirá la televisión, y también el que reclama en el grupo de WhatsApp del club, cuando pasa el tiempo y no jugamos.
Ah, la columna:
Pintaba para ser un sábado más; un sábado así como cualquiera, acá en el Bajo Marquesina. Se veía un partido y, al terminar, lo de siempre: algunos esperan la repetición de las jugadas importantes; otros se despiden entre sí, me piden la cuenta y todos vuelven pronto a sus quehaceres habituales.
Sin embargo, doy aviso de que a continuación pondré en pantalla el partido que, aquella tarde, se jugaba acá, a tres cuadras, en el Municipal de Coyhaique. Entonces Roque, que ya se estaba despidiendo, deshace el gesto y se acomoda en uno de los taburetes de la barra. Roque juega en el Emilio Millar, en serie Máster, que es donde compiten -competimos- los mayores de 50 años. De esa misma serie y, conectados a un canal de Facebook, veríamos la final de la Copa de la Amistad, entre el Lord Cochrane de Puerto Aysén y el Almirante Simpson de Coyhaique.
Yo, que como notarán, aún no sé bien sobre qué debe tratar una columna de opinión, intentaré también salir jugando.
Sólo se quedó don Roque, porque tal vez para nadie más resultaba interesante ver un partido vía Facebook de mayores de 50 acá en Coyhaique, pero la importancia es relativa, yo he aprendido con los años.
Roque, por ejemplo, juega en el Emilio Millar, y este equipo coyhaiquino, si de importancia hablamos, en 1993 fue nada menos que vicecampeón nacional en categoría de Honor. ¿Qué era para usted importante mientras eso pasaba? Yo, para 1993, figuraba en Santiago, mi ciudad natal, y poco y nada sabía sobre la Región de Aysén. Cursaba el primer año de Historia y daba mis primeros pasos en el Cuerpo de Bomberos de Santiago. Como muchos de ustedes, seguía cada transmisión de los partidos del Real Madrid de Zamorano.
Conozco ahora la relevancia, pero entonces, sin familia acá y en mi humilde realidad de estudiante, comprenderán ustedes que nada entendía del Emilio Millar; del 21 de Mayo ni del Baquedano, si con suerte, para mí, la nieve era esa punta blanca que los niños pintan cuando dibujan las montañas.
Y, ya que en eso estamos, tampoco sé si fui un buen estudiante; ni si aquello ahora importa algo, porque aunque leí sobre estructuras temporales y de análisis, nada decían esas páginas sobre cómo ordenaban Claudio Carreño, Espinoza y Aguilar su mediocampo, para habilitar con ventaja a Zico Vidal y a Belisario Cárdenas.
—Va a ganar Almirante —le digo convencido a Roque—, nada más comienzan a moverse por el campo. Ahí, como respuesta, me hace notar lo bien que juegan los del Cochrane, y me muestra cómo siempre buscan salir jugando, con criterio, elegantes. Yo no podría discutirle, no me animo, mientras vemos que, ante cada avance del Cochrane, los defensas de camiseta naranja, los zagueros de la población Almirante Simpson salen al cruce con fuerza y la despejan de inmediato, sin pudor alguno ni interés en complicarse.
¿Ves? —me señala—, y sonríe cada vez que la pelota sale despedida por el aire hacia adelante.
Pero no, no veo —o no alcanzo a ver— qué tiene de malo despejar el riesgo de inmediato. Pero no voy a discutirle.
Mal que mal, yo no vi a esa defensa del Emilio del 93, seguramente de salida limpia y elegante, con Uribe en el arco y Álex Figueroa y Raúl Aravena de centrales. Decido no contrariarlo y celebrar en silencio cada despeje y cruce sencillo y firme de los defensores de naranja.
Llega el último minuto con el marcador uno a cero favorable al Almirante y consiguen un tiro libre a favor, cerca del córner, en la parcela del 11, donde podrían hacer correr el tiempo y coronarse. La toma entonces Juan Pablo Águila, el Zurdo, en posición de enviar un centro al área o de cuidarla.
—Le va a pegar al arco —le advierto a Roque—, en mi segunda sentencia de la tarde.
—No, no tiene ángulo —se ríe— y me hace notar la posición de la pelota, el perfil y la casi nula distancia que toma Juan Pablo para pegarle.
—Además, ahí está para un diestro —agrega, enseñándome.
Pudo ser un sábado más, como decía el tango que hablaba de Locche boxeando en el Luna Park. Pudo ser un sábado de estadios más grandes, como los del Real Madrid de Zamorano. Pero fue un sábado de poca gente acá en el Bajo, donde me quedé con don Roque a ver, en la final de fútbol Máster de Coyhaique, cómo Juan Pablo, el Zurdo Águila, clavaba el tiro libre al ángulo, desde el perfil incorrecto y casi sin distancia.



















