Columnista, Colaborador
¿Cuál es la regla de oro? No lo sé. Pero lo que sí sé es una versión descarnada: el que tiene el oro pone las reglas. Y cuando no es uno, sino dos poderosos en disputa, la situación se vuelve aún más riesgosa para quienes quedamos en medio.
Chile conoce bien esa tensión. Hoy estamos presionados por Estados Unidos y por China. Dos gigantes que compiten por influencia tecnológica, comercial y geopolítica. Para una economía abierta como la nuestra, donde cerca del 40% de las exportaciones tienen como destino China, la conectividad no es un lujo: es una condición de soberanía.
El debate en torno al proyecto de cable submarino Valparaíso—Hong Kong no es técnico; es estratégico. No se trata solo de fibra óptica, sino de quién define la arquitectura digital por la que circularán nuestros datos, comercio e innovación. A ello se suma la cancelación de visas al ministro de Transportes y a otras autoridades, una señal política que trasciende lo diplomático y evidencia que la presión no es abstracta. Cuando la infraestructura crítica se vuelve campo de disputa, la neutralidad se convierte en un ejercicio complejo y delicado. La decisión de Estados Unidos no es solo una represalia al gobierno del Presidente Boric, sino una clara advertencia para el gobierno entrante que encabezará el Presidente Kast.
La tentación es alinearse por afinidades ideológicas o por conveniencia inmediata. Pero cuando la regla es "el que tiene el oro manda", y hay dos en pugna, la soberanía se vuelve frágil. Una decisión mal calibrada puede convertirnos de nación independiente en pieza subordinada del tablero ajeno.
No es la primera vez. Durante la Guerra Fría, la confrontación entre Estados Unidos y la Unión Soviética transformó a América Latina en escenario de su disputa hegemónica. El golpe de Estado de 1973 en Chile no puede entenderse sin esa lógica de bloques. Nos dividimos internamente en un conflicto que también era global… y ganó el más fuerte. El resultado fue devastador: quiebre democrático, crímenes, desapariciones forzadas, exilios, torturas y una fractura social que aún no cicatriza.
Cuando dos potencias compiten, los países intermedios pagan el precio si no cuidan sus instituciones y su cohesión interna. La regla de oro geopolítica no protege a los débiles; los instrumentaliza. Por eso la neutralidad inteligente, no la ingenuidad, tiene que ser una política de Estado.
El primer ministro de Canadá, Mark Carney, ha enfrentado presiones defendiendo los intereses estratégicos de su país sin caer en la sumisión automática. Ese es el desafío: firmeza con prudencia, autonomía sin estridencias. Como lo hizo el Presidente Lagos en 2001 cuando no dio el voto de Chile para la invasión de Irak.
Pero la fortaleza externa depende de la solidez interna. Cuando manda el poder y no el diálogo, se forman súbditos, no ciudadanos. Una democracia debilitada, polarizada y desconfiada es más vulnerable a presiones externas. La soberanía no se declama; se construye con instituciones robustas, reglas claras y consensos estratégicos básicos que trascienden gobiernos.
Entre dos gigantes, o frente a uno solo, la respuesta no puede ser la improvisación. Chile necesita diversificar alianzas, fortalecer su integración regional, proteger su infraestructura crítica y actuar con visión de largo plazo.
Porque cuando las reglas dependen del oro o, mejor dicho, de la fuerza, la historia demuestra que los costos los pagan los pueblos. Y Chile ya sabe demasiado bien lo que eso significa: dejar de decidir por sí mismo y convertirse en súbdito de quien tenga el oro y la fuerza.




















