Jessica Igor Chacano, Periodista y magíster en Relaciones Internacionales
"La educación no sale cara. Lo que sale caro es la ignorancia" (Leonel Brizolas)
El mundo de la política ha cambiado mucho en los últimos años. Sobre todo han cambiado sus actores. Hoy ya no es necesario hacer carrera política para acceder a un cargo de elección popular, y menos aún dominar los temas propios de la función pública.
Este fenómeno, que se repite a nivel global, abre una pregunta incómoda ¿es realmente un reflejo de la sociedad actual o una estrategia deliberada para conectar con el electorado? Cuesta responderlo con certeza. Tal vez haya algo de ambas cosas. Por un lado, una ciudadanía que valora la cercanía por sobre la trayectoria; por otro, liderazgos que adoptan esa lógica como forma de validación.
Sin embargo, conviene y es importante hacer una distinción, una cosa es la política entendida como representación o debate, y otra muy distinta es la función pública, especialmente en cargos de alta responsabilidad o jerarquía. En ese ámbito, Chile supo caracterizarse durante muchos años por mantener estándares técnicos exigentes, donde la preparación y el conocimiento no eran un lujo, sino una condición mínima.
Hoy esa exigencia parece haberse debilitado, ya que se ha instalado una forma de ejercer el poder donde la improvisación, la liviandad en el discurso y la falta de rigor comienzan a normalizarse. Se confunde cercanía —y algo de populismo- con descuido; espontaneidad, con falta de preparación; y autenticidad, con desconocimiento.
A esto se suma un elemento que no es menor, la velocidad con que circula la información. En un entorno dominado por redes sociales y exposición permanente, muchas veces se privilegia la reacción rápida por sobre la reflexión, la frase fácil por sobre el contenido y la visibilidad por sobre la profundidad. En ese contexto, el riesgo de banalizar el discurso público se vuelve aún mayor.
No se trata de exigir perfección ni de defender una élite distante de sólo intelectuales ilustrados. Se trata de algo bastante más básico y es entender que ciertos roles implican responsabilidad. Quien ocupa un espacio de representación o vocería no habla solo por sí mismo, sus palabras tienen peso, generan efectos y contribuyen a moldear la percepción pública.
En ese contexto, algunas intervenciones recientes dejan más dudas que certezas. No necesariamente por su contenido, sino por lo que evidencian en términos de manejo, profundidad y claridad. Y aquí es donde el problema deja de ser anecdótico para volverse estructural.
Porque si quienes deben explicar, conducir o tomar decisiones carecen de las herramientas necesarias para hacerlo con solvencia, entonces no estamos frente a un simple cambio de estilo, sino ante un deterioro en la calidad del ejercicio público.
Tal vez el problema no radique únicamente en quienes acceden a esos cargos, sino también en una sociedad que ha ido relativizando el valor del conocimiento, la preparación y el mérito. En ese escenario, la apariencia gana terreno frente a la sustancia, y lo inmediato desplaza a lo importante. Parecer comienza a imponerse sobre el ser. Y eso, tarde o temprano, siempre tiene un costo más alto que el de la educación.
Ahora más que nunca, las palabras tienen un impacto inmediato y además tienen memoria a largo plazo. Ya no es como antes que se las llevaba el viento, ahora los discursos, por más escuetos que sean, se quedan dando vueltas en el universo virtual por largo tiempo.





















